viernes, 31 de enero de 2014

Vida en Puebla (10/12): Mujeres y niños de antes y de hoy

Como no tengo mucho que hacer, el otro día llevé a mis nietos a comer  al centro comercial. Su mamá y la abuela fueron en el coche a Atlixco y me los dejaron. Uno de ellos tiene seis años y el otro casi nueve. Mientras ando con ellos curioseando en las tiendas, quisiera tener una correa para amarrarlos porque se sueltan de mi mano y corren para todos lados. Les advertí que no deberían alejarse de mí porque me pone nervioso perderlos de vista y no tenerlos a mi alcance inmediato. Un ladrón podría arrebatarme a uno de ellos y es poco lo que podría yo hacer para recuperarlo.
El miedo a los robachicos siempre ha existido pero era más teórico que real. Cuando mis hermanos y yo teníamos la edad de mis nietos, podíamos ir solos a jugar a la calle o al cerro. Aunque mamá nos advertía que no nos alejáramos, podíamos perdernos por horas. A veces solos y a veces en pandilla con los vecinos íbamos al centro de Puebla a ver los aparadores de las jugueterías. Nos gustaba especialmente 'La Sorpresa' que estaba en la calle dos oriente. Se anunciaba como ferretería pero tenía muchos juguetes importados de Alemania.
Cuando estábamos en la escuela primaria, íbamos y veníamos en camión.  Junto con muchos otros compañeros, caminábamos desde la escuela, en la 21 sur, hasta el Paseo Bravo para tomar el camión.
Tengo claro cómo fue el proceso por el que mamá nos enseñó a tomar el camión para la escuela. Yo estaba en primer año. Mamá nos llevó en coche a la parada del camión, nos dijo cuál deberíamos tomar -el Circuito Central- y manejó tras el camión indicándonos todos los puntos de la ruta. Así llegamos al Paseo Bravo donde deberíamos bajarnos. Entonces manejó por todo el tramo que deberíamos hacer a pie y nos dejó en la escuela. A la salida de la escuela nos recogió e hizo lo mismo hasta llegar a la casa.
Al otro día mamá nos llevó a la escuela pero no en el coche sino en el camión. Hizo con nosotros todo recorrido de ida y de regreso. Al tercer día le dió a mi hermano mayor el dinero para los pasajes con la encomienda de que fuéramos y viniéramos juntos, Luis, Bernardo y yo.
Mamá fue una de las primeras mujeres que tuvo coche propio en Puebla, cerca de 1950.  Por muchas razones se consideraba una imprudencia de papá el habérselo regalado. No sé si lo recuerdo o lo imagino pero ya no hay nadie para corroborarlo. El cochecito era un Austin de color verde. A veces no arrancaba y había que 'darle crán' para lo cual se necesitaba un hombre fuerte que podía ser papá,  un gasolinero o algún señor que pasara por ahí.

En el centro comercial me viene una nueva inquietud además de los robachicos. Que regresen la mamá y  la abuela de Atlixco. Que si se les descompone el coche en la carretera con todas las macetas que habrán comprado, ya no sería cosa de darle crán sino de llamar a la grúa.

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Al contrario. Tu sabes que son los lectores quienes mantienen activos a los escritores.

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  2. Espero que a los jubilados nunca tengan que darles "crán" para echarlos a andar.
    LZE

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  3. Wow, no me imagino esa vida de niños ahora..

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    1. Esa vida de niños era muy normal. No entiendo bien cómo fue que cambió tanto.

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