viernes, 31 de enero de 2014

Vida en Puebla (10/12): Mujeres y niños de antes y de hoy

Como no tengo mucho que hacer, el otro día llevé a mis nietos a comer  al centro comercial. Su mamá y la abuela fueron en el coche a Atlixco y me los dejaron. Uno de ellos tiene seis años y el otro casi nueve. Mientras ando con ellos curioseando en las tiendas, quisiera tener una correa para amarrarlos porque se sueltan de mi mano y corren para todos lados. Les advertí que no deberían alejarse de mí porque me pone nervioso perderlos de vista y no tenerlos a mi alcance inmediato. Un ladrón podría arrebatarme a uno de ellos y es poco lo que podría yo hacer para recuperarlo.
El miedo a los robachicos siempre ha existido pero era más teórico que real. Cuando mis hermanos y yo teníamos la edad de mis nietos, podíamos ir solos a jugar a la calle o al cerro. Aunque mamá nos advertía que no nos alejáramos, podíamos perdernos por horas. A veces solos y a veces en pandilla con los vecinos íbamos al centro de Puebla a ver los aparadores de las jugueterías. Nos gustaba especialmente 'La Sorpresa' que estaba en la calle dos oriente. Se anunciaba como ferretería pero tenía muchos juguetes importados de Alemania.
Cuando estábamos en la escuela primaria, íbamos y veníamos en camión.  Junto con muchos otros compañeros, caminábamos desde la escuela, en la 21 sur, hasta el Paseo Bravo para tomar el camión.
Tengo claro cómo fue el proceso por el que mamá nos enseñó a tomar el camión para la escuela. Yo estaba en primer año. Mamá nos llevó en coche a la parada del camión, nos dijo cuál deberíamos tomar -el Circuito Central- y manejó tras el camión indicándonos todos los puntos de la ruta. Así llegamos al Paseo Bravo donde deberíamos bajarnos. Entonces manejó por todo el tramo que deberíamos hacer a pie y nos dejó en la escuela. A la salida de la escuela nos recogió e hizo lo mismo hasta llegar a la casa.
Al otro día mamá nos llevó a la escuela pero no en el coche sino en el camión. Hizo con nosotros todo recorrido de ida y de regreso. Al tercer día le dió a mi hermano mayor el dinero para los pasajes con la encomienda de que fuéramos y viniéramos juntos, Luis, Bernardo y yo.
Mamá fue una de las primeras mujeres que tuvo coche propio en Puebla, cerca de 1950.  Por muchas razones se consideraba una imprudencia de papá el habérselo regalado. No sé si lo recuerdo o lo imagino pero ya no hay nadie para corroborarlo. El cochecito era un Austin de color verde. A veces no arrancaba y había que 'darle crán' para lo cual se necesitaba un hombre fuerte que podía ser papá,  un gasolinero o algún señor que pasara por ahí.

En el centro comercial me viene una nueva inquietud además de los robachicos. Que regresen la mamá y  la abuela de Atlixco. Que si se les descompone el coche en la carretera con todas las macetas que habrán comprado, ya no sería cosa de darle crán sino de llamar a la grúa.

jueves, 30 de enero de 2014

Vida en Puebla (9/12): La jubilación

La jubilación es una época de júbilo. Al menos eso es lo que te dicen cuando  ya quieren que te vayas.  Yo no esperé a que me lo dijeran en la universidad. En cuanto tuve la edad, la solicité. Mientras el trabajo sea satisfactorio, es un error jubilarse. Pero cuando es aburrido y además se tiene que lidiar con un jefe agresivo, la posibilidad de jubilarse es un gran escape.
Trabajar en una universidad permite conocer a colegas brillantes y estar al tanto de las novedades de la ciencia y de la profesión. Los alumnos, siempre nuevos, no permiten que uno se estanque. Siempre hay proyectos; la mayoría se quedan en proyectos pero algunos se realizan.
La Universidad Iberoamericana de Puebla fue mi último patrón. Siempre tuve la sensación de estar ahí como contrabandista, porque la universidad se definía como de orientación cristiana y yo soy ateo. Pero no era yo el único. Conocí a otros ateos de contrabando; algunos de ellos, profesores notables que preferían no discutir cuestiones de fe. A veces, la 'orientación cristiana' se mencionó como amenaza a quien le viniera el saco:
-No queremos gente que no piense como nosotros.
¡Silencio!
Mis primeros nueve años en la Iberoamericana fueron estupendos. La distinción entre trabajo y diversión carecía de sentido. Uno puede aceptar sueldos bajos, limitaciones severas de presupuesto y algunas necedades de las autoridades a cambio de hacer un trabajo generalmente agradable en compañía de gente valiosa. No es raro quedarse más horas y hacer más trabajo del exigido. Uno distingue entre el trabajo obligatorio, lo que se le debe a la universidad, y el trabajo propio, lo que uno quiere hacer voluntariamente al terminar el obligatorio. Las universidades son instituciones que te permiten tener proyectos propios y hacer más trabajo del que piden.
Como el último año en la universidad fue francamente malo, se disiparon mis dudas acerca de solicitar la jubilación. Te escapas del mal ambiente, pero no todo es agradable al jubilarse. Pierdes al jefe necio y el trabajo aburrido, pero también pierdes la compañía y la charla de buenos amigos. La compañía es lo que más extraño y estoy seguro de que lo mismo le pasa a otros jubilados.
En mi paseos matutinos con Úrsula, encuentro con frecuencia a un señor como de mi edad, sentado en la parada del camión. Al principio me pareció casualidad pero ahora pienso que está jubilado y se sale de su casa para no aburrirse o no pelear con su mujer. Lo veo platicar con la guitarrista que canta en los camiones y con los vendedores de periódicos. Me han dado ganas de sentarme a platicar con él. No lo he hecho porque las dos o tres veces que le he dado los buenos días, me contesta muy seco.

Cuando voy al banco, veo a la clientela mañanera de los cafés que hay en el centro comercial. Muchos viejos con tipo de jubilados a los que ya reconozco. También me han dado ganas de sentarme a tomar café y buscar conversación con alguno. Tal vez lo haga uno de estos días.

miércoles, 29 de enero de 2014

Vida en Puebla (8/12): El trio Ludi Musicae

En la Universidad Iberoamericana tuve un encuentro extraordinario cuyas consecuencias sigo gozando. Durante un desayuno de profesores en el departamento de ingeniería, uno de los coordinadores, Poncho Álvarez, comentó que él sabía tocar el chelo. La noticia me interesó inmediatamente porque yo quería encontrar alguien con quien tocar música clásica. Entonces no éramos amigos, pero días después, en alguna otra reunión le comenté que yo medio tocaba la flauta y que a ver si algún día podíamos tocar juntos.
Poncho dice que sí a casi todo lo que le piden y aceptó rápidamente que nos juntáramos a tocar. Nos contactamos con Pepe Neve, otro profesor del mismo departamento que toca el violín,  y acordamos reunirnos para estudiar algunas partituras. Poco tiempo después, formamos el trío Ludi Musicae.
Es curioso cómo algunos eventos sin importancia aparente, nos conducen a ser lo que somos. Mientras era yo estudiante de Psicología en México, un día hubo un concierto en el que tocaron alumnos del conservatorio; casi niños. Me dio envidia ¿cómo podían crear tanta belleza? Yo, mucho mayor que ellos, me sabía incapaz para la música. Al terminar su presentación, quería yo felicitarlos y abrazarlos.
Ya antes había yo intentado aprender algún instrumento musical. Un día mi papá llegó a la casa con un órgano electrónico de los primeros que se fabricaron. Ahora entiendo que papá también sentía envidia por los músicos. Pero él era muy sordo y desafinaba al intentar cantar. Además, sus dedos tan gruesos le dificultaban acertar a las teclas.
Mis hermanos y yo quisimos aprender a tocar el órgano pero Bernardo fue el único que lo logró en ese momento. No sólo tocaba de oído las melodías de moda, sino les ponía armonías. Por más que me enseñaba, yo era incapaz de recordar el orden correcto de las teclas y decidí que, como decían entonces, yo no tenía facilidad.
Pero los niños del conservatorio de México me removieron la inquietud y pensé que, aunque me tomara 20 años aprender un instrumento, tendría yo otros 20 o más para disfrutarlo. Por esos días compré mi primera flauta junto con su método. De no haber estado medio alcoholizado, hubiera yo entendido que de nada me serviría el método porque no sabía leer música. Al otro día, con dolor de cabeza, empecé a descifrar la escritura musical como quien se enfrenta a la piedra Rosetta.
Ya han pasado más de cuarenta años y no acabo de aprender. El disfrute de tocar, en cambio, es más de lo que pude esperar mientras veía a los niños con sus violines en mi universidad.
La mejor parte de mi carrera como flautista ha sido el trío Ludi Musicae con Poncho y Pepe. Ha sido un gozo, aunque no faltan momentos de angustia. La primera vez que tocamos en público, en noviembre de 2003, estaba yo más nervioso que en mi examen profesional. Para mí lo bonito era ensayar y ensayar, no tocar frente al público. Ahora veo que los compromisos para presentarse en público es lo que mantiene el interés por seguir ensayando.
El miedo a equivocarse durante una presentación es peor que la equivocación misma. La música es un arte efímero y los errores pasan tan rápido que el público no siempre los nota.

A veces, al terminar una presentación, se acerca algún niño a darme la mano con actitud reverencial, mientras su mamá me comenta que le gustó mucho. Pienso que, tal vez, ayudé a que ese niño quiera ser músico. Otras veces alguien me felicita y elogia el sonido de la flauta. Entonces le doy un abrazo

martes, 28 de enero de 2014

Vida en Puebla (7/12): Sorpresas que da la vida

Una cosa curiosa que me ha sucedido ya tres veces, es  que cuando pienso que estoy acabado, que ya hice en la vida lo que tenía que hacer,  viene la mejor parte. La primera vez fue cuando era yo empleado de una cervecería en el departamento de capacitación. Tenía dos hijas recién nacidas. Mi futuro era seguir ahí, tal vez cambiarme a otra empresa semejante y quedarme como eterno pasante, aunque en el trabajo me dijeran Licenciado. Pero un día alguien que había sido mi maestro estaba buscando psicólogos jóvenes para abrir una nueva escuela universitaria. Yo me le aparecí y me contrató de inmediato. De la noche a la mañana tuve lo que siempre quise: trabajar en la academia y alejarme del ambiente empresarial.
La segunda vez fue en Morelia, en donde me sentía como esos boxeadores viejos que después de sus años de gloria andan en las plazas de los pueblos presentándose a cambio de una cama y una cena. En ese momento fundamos, junto con varios amigos, la preparatoria Liceo Michoacano. Fue un logro estupendo que abandonamos con gran pesar.
La tercera vez fue en Puebla, en la Universidad Iberoamericana. Cuando los directores terminan su periodo y se hacen viejos, como fue mi caso, lo mejor es refugiarse en algún lugar lejos de lo que fue su área de influencia. Yo fui a dar al área de capacitación. El trabajo consistía en organizar cursos para las empresas y para el público. En cierto modo regresé al ambiente empresarial y a las ventas. Un día, el rector me pidió organizar algo para la educación de los adultos mayores. El resultado fue el Programa Universitario para Adultos Mayores, que consistió en un diplomado de tres años de duración. Cualquiera podía ingresar si cumplía el requisito de haber cumplido sesenta años. Me quedé sorprendido por la cantidad de mujeres, las muchachas y las niñas de mis tiempos, que  se inscribieron porque siempre habían anhelado asistir a la universidad y no tuvieron la opción.

Ahora que estoy jubilado, no pierdo la esperanza de que me suceda por cuarta vez; que aparezca un proyecto nuevo que le de un giro inesperado a mi vida.

lunes, 27 de enero de 2014

Vida en Puebla (6/12): Maestro itinerante

No deja de ser paradójico que me fuí  por falta de universidades, y regresé 35 años después con la esperanza de trabajar en alguna. En 1964 la única universidad que había  era la autónoma. Papá la consideraba un nido de comunistas y no quería que sus hijos se infectaran. Nos mandó a México, pero no a ese otro nido que era la UNAM.
Casi todos los compañeros de mi generación de preparatoria se fueron a estudiar a México o a Monterrey. Con los hombres no había tanto problema en que se fueran de estudiantes lejos de la casa. Las mujeres tenían muy pocas oportunidades de hacer estudios profesionales; si no se iban con los comunistas a la autónoma,  les quedaba ir con las monjas a estudiar habilidades hogareñas.
Ahora hay alrededor de doscientas universidades. Eso ayudó a que nos decidiéramos por Puebla cuando salimos de Morelia.
En algún momento trabajé en tres universidades simultáneamente. Empezaba a las siete de la mañana en la Universidad de las Américas. Luego, a las nueve, llegaba a la Universidad Iberoamericana y a la una tomaba camino para la Autónoma de Tlaxcala. Comer en el coche me produjo varios años de gastritis.
El trabajo que más me gustaba era el de Tlaxcala. Ahí monté un laboratorio de educación especial, utilizando los mismos programas que tan buen resultado me habían dado en Morelia. Tuve que abandonarlo después de un año de trabajo. Esa fue la instrucción que me dieron sin explicaciones.
El camino a Tlaxcala tiene 30 kilómetros y más de treinta topes que son innecesarios porque el volumen de tráfico impide ir rápido. Nunca se tarda uno menos de una hora en el recorrido. Regresaba yo a Puebla a las seis o siete de la tarde.

Poco a poco me fui involucrando más con la Universidad Iberoamericana. Cuando me ofrecieron un puesto de tiempo completo, renuncié a los otros trabajos. Ahora veo que fue una buena época. En las tres universidades tuve el mejor estímulo vital para los profesores: buenos estudiantes y buenos colegas de trabajo. Me quedé en la Ibero por 10 años, hasta que solicité mi jubilación.

domingo, 26 de enero de 2014

Vida en Puebla (5/12): Adolescencia en los sesenta

En los años 60, la vida de los adolescentes poblanos consistía principalmente en las actividades de los sábados y domingos. Los días entre semana no había mucho más que sobrevivir en la escuela, pero desde los viernes por la tarde empezábamos a planear lo que haríamos al otro día. Casi siempre era lo mismo, aunque a veces teníamos algunas aventuras extraordinarias. Como nuestra escuela era sólo para hombres, las hormonas gobernaban los fines de semana.
Los sábados por la mañana era muy frecuente ir al Club Alpha. A veces a nadar, pero más bien a ver a las muchachas para cruzar sonrisas y saludos con ellas. A veces a jugar dominó, siempre ruidosamente. Otras veces a caminar por ahí a ver quién estaba. Las tardes sabatinas eran un poco aburridas. Podíamos juntarnos en la casa de alguno a fumar y a echarnos pullas, o podíamos caminar por la Avenida Juárez, que se llamaba La Paz, a ver a quién veíamos. Si teníamos coche y algo de dinero podíamos visitar el café Rococó que estuvo de moda un tiempo, a ver quién estaba.
Los domingos nos asomábamos a la misa de San Sebastián, que también estuvo de moda y también servía para ver y saludar a las muchachas. Las tardes de domingo eran, simultáneamente, las más esperadas y las más aburridas. Era importante tener un coche en el que nos apretábamos para la ronda dominical que consistía en ir del Zócalo al Oasis: el primer 'drive inn' de Puebla que estaba al final de la avenida de la Paz.  Si alguien tenía dinero, podíamos pedir un refresco y estacionarnos un rato; si no, sólo entrábamos, mirábamos y salíamos. En el Zócalo, dábamos un par de vueltas y regresábamos a La Paz. A  las nueve de la noche cada quien a su casa y se quedaba la calle vacía como si hubieran soltado a un león.
La rutina se rompía algunos sábados cuando había fiesta con baile. Nos enterábamos porque la noticia se corría en el colegio. Si invitaban a uno de nosotros, todos íbamos. Entrar de gorrón, sin que te corrieran, era una habilidad apreciada y admirada en el colegio que suscitaba burlas cuando no se podía lograr. Sea como fuera, lo más seguro es que en las fiestas nos arrinconáramos y tratáramos de tomar mucho alcohol antes de animarnos a bailar.
Podía ser también que alguien se robara una botella de su casa o de alguna tienda. Simplemente buscábamos un lugar para tomárnosla y al siguiente día presumíamos nuestra hazaña.

Entonces, yo creía que mi vida era divertida y de lo mejor. Los primeros años que estuve en México de estudiante venía los fines de semana y trataba hacer lo mismo. Poco a poco dejé de hacerlo. Cuando empecé a estudiar Psicología, a los 22,  pude mirar atrás y me alegré de haber salido de Puebla.

sábado, 25 de enero de 2014

Vida en Puebla (4/12): El carácter de los poblanos

Otro rasgo poblano que se nota después de un tiempo es el disimulo. Las personas conocidas que se encuentran  en la calle o en las tiendas se voltean para otro lado, como si de repente les interesaran las lámparas o cualquier cosa que esté sucediendo a lo lejos. Si, al manejar, usted le pide al conductor de otro coche que le permita dar vuelta o cambiar de carril, hará como que no lo ve.
Los poblanos dicen de sí mismos que son difíciles de tratar y que no pagan sus deudas. Esto último debe ser cierto, tomando en cuenta el número de expedientes de demandas en los juzgados de la ciudad. Hay familias de apellido ilustre, famosas por no pagar ni cumplir sus compromisos. Familias cuyos miembros alardean de sus trampas como si fueran hazañas reservadas a las personas inteligentes. Se los puede ver en los restaurantes de lujo bebiendo con ostentación, mientras enfrentan demandas judiciales de proveedores que confiaron en ellos.
Tres instantáneas que reflejan, me parece, otro rasgo de carácter poblano. En la primera se ve a una señora elegante que utiliza su teléfono dentro de un supermercado de lujo. Con la mano que tiene libre, arroja a su carrito de compras cosas que apenas mira; una caja con chocolates, adornos navideños, un juego de copas. Empuja el carrito un hombre silencioso de aspecto humilde, seguramente su chofer.
La segunda escena sucede en la misma tienda y es casi idéntica. Sólo que en esta ocasión la señora que compra va seguida por dos sirvientas uniformadas que empujan los carritos y atienden a tres niños que son los hijos de la señora. Es que los niños han de haberse encaprichado con ir a la tienda, y no dejan comprar a gusto.
La tercera es en una calle protegida por las rejas de un fraccionamiento cerrado. Una sirvienta uniformada pasea a un par de perros, uno grande y otro chico. Los tres  parecen aburridos, aunque los perros se animan un poco cuando me ven paseando a Úrsula que olisquea al otro lado de la reja. Imagino que, como yo, la patrona ha visto al Encantador de perros en la tv y sabe que sus perros necesitan ejercicio. Para tranquilizar su conciencia interespecie, manda a la sirvienta.
Si hemos de adivinar el carácter de una ciudad a partir de lo que presume, diremos que lo que más les gusta a los poblanos son las iglesias y la comida. Es casi lo único que aparece en los folletos de turismo de la ciudad. Hay un dicho de tiempos de la colonia que refleja bien el gusto poblano por comer y rezar: 'Hay cuatro cosas que come el poblano: puerco, cerdo, cochino y marrano'. Al comer carne de cerdo con ostentación, los poblanos coloniales le decían a sus vecinos 'Soy cristiano viejo, nadie piense que soy judío'.

Se contaba como verdad que, allá por los años 50, en el Puente de México, ya para despedir a los visitantes, había un letrero que decía algo así como 'Puebla te despide y agradece tu visita'. Abajo, alguien había pintado 'No somos como dicen'. Luego, uno de los visitantes completó 'Somos peores'. Esta anécdota causaba mucha risa tanto a los poblanos adoptivos como a los de nacimiento.

viernes, 24 de enero de 2014

Vida en Puebla (3/12): El tráfico en Puebla

Mientras viví en México me parecían un poco ridículas las quejas de la gente de Puebla por los congestionamientos de tráfico. No saben lo que es bueno, pensaba yo. Ahora, me parece que el tráfico poblano es peor que el de México.
Las calles del centro de Puebla son estrechas. En muchas de ellas solo caben dos carriles. Siempre hay alguien que enciende sus luces intermitentes y se estaciona en doble fila o en lugar prohibido. Cambiarse de carril es casi imposible. Para lo único que colaboran los conductores es para evitar que se abra un hueco por el que pueda meterse un coche de la otra fila. La hostilidad de los conductores poblanos es un rasgo que los visitantes notan inmediatamente.
Los camiones de pasajeros se aprietan y resoplan como búfalos acorralados. Sólo puede avanzarse unos pocos metros con cada ciclo del semáforo. Desde el coche se puede ver en los aparadores del centro, los maniquís vestidos para fiesta con sus cabezas de yeso despostillado y sus brazos en posición principesca. Parece que el guinda es el color de moda porque todas lo llevan. Quizá en mi niñez vi alguna señora vestida así, pero no puedo adivinar cómo para cuáles fiestas serán adecuados esos vestidos. 
El claxon del auto de atrás exige estar atento y avanzar. Son apenas unos metros. Poco a poco se acerca uno a la esquina. Cuando el semáforo  da el verde, resulta que los autos y camiones que cruzan se quedaron a mitad de la calle. Nadie puede pasar ni en una ni en otra dirección. El semáforo reparte el derecho de avanzar y los conductores avanzan aunque se queden en el cruce sin poder pasar.
Un día, mi coche se detuvo en el carril central de la calzada Zavaleta. En tales ocasiones uno ya sabe que vendrá una retahila de claxonazos y miradas de odio de los autos que vienen atrás. Uno también sabe que no hay más remedio que aguantar y esperar a que dejen de pasar para poder empujar el coche y estacionarlo donde no estorbe. Eso es lo que hice. Pero el tráfico no cesaba. Hice señas y supliqué con la cara para que alguien se detuviera y me permitiera la maniobra. Nadie. Todos prefieren seguir y que ayude el que viene atrás. Entonces sucedió el milagro. Un señor detuvo su coche y  se bajó  -Súbase, yo lo empujo, súbase- Con su coche atravesado, él se plantó en la calle para detener el tráfico mientras me empujaba. Cuando pude estacionarme  y le agradecí, me dijo que me había visto muy comprometido y por eso se detuvo.
-Aquí nadie lo ayuda, comentó.
-Pues de dónde es usted, le pregunté.
-Soy de Guadalajara.

jueves, 23 de enero de 2014

Vida en Puebla (2/2) Los límites de la ciudad

A pesar de que nací y viví mi adolescencia en Puebla, hay lugares de la ciudad en los que me desoriento y no sé bien dónde estoy. No en las partes del centro, ni en las que se conserva el antiguo sistema de nomenclatura y numeración. Me pierdo fácilmente en las partes que no existían antes de 1964, cuando me fui.
La parte más alejada del centro era la que se había extendido hacia el norte: la colonia Santa María, la estación nueva de ferrocarriles y la zona de tolerancia conocida como Noventa poniente. El número lo dice todo, la Noventa estaba a cuarenta y cinco cuadras de la avenida Reforma y era el límite de la ciudad porque más allá estaba la autopista que parecía un obstáculo infranqueable.
Hacia el sur, el límite de la ciudad lo marcaba la carretera de Valsequillo que arrancaba en el panteón municipal. El balneario de Agua Azul ya se consideraba fuera de la ciudad. Ni qué decir del Club de Golf al cual se podía llegar sólo por un camino estrecho sin pavimento. Las pocas fiestas de quince años que se hacían ahí, evitaban a los colados porque era difícil llegar y se corría el riesgo de no poder entrar.
Más allá de la carretera a Valsequillo, había granjas y sembradíos. Por una vereda se llegaba en bicicleta a la laguna de San Baltazar en la que se podía pescar unas mojarritas ínfimas.
Por el oriente, el límite de la ciudad era el Seminario y la garita de Amozoc, en donde daban vuelta los camiones de la ruta Garita-Panteón para regresar. No hace mucho anduve por ahí y me resultó imposible identificar mis puntos de referencia. Atrás del Seminario arrancaba el camino al bosque de Manzanilla, que era un lugar favorito para los días de campo. Ahí fui de cacería alguna vez, armado con una escopeta bajo la guía de un tío.

En el poniente, el límite de la ciudad no estaba bien definido porque había varias colonias a lo largo de la carretera a México. Lo que sí es seguro es que 'El puente de México' ya estaba fuera de la ciudad, como a la mitad entre Puebla y Cholula. Cuando viajábamos con papá, el puente de México era la señal de que ya estábamos fuera y no había vuelta atrás. Al regresar, era señal de que ya faltaba poco para llegar. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Vida en Puebla 1/12: La Calzada de los Fuertes

Cambiar de ciudad es volver a empezar. De nada sirve la buena o mala fama que uno crea tener. Todo empieza desde cero: los amigos y los enemigos, los méritos y las vergüenzas. En 1999 vendimos todo lo que teníamos en Morelia y llegamos a Puebla. Después de un periodo de bonanza allá, vimos que la cosa iba a empeorar y más nos valía buscar la vida en otro lado. Nuestras hijas ya no vivían ahí. Mis suegros habían muerto y nos quedaban muy pocos amigos en Morelia.
Los rumores de despidos masivos se pusieron fuertes en el gobierno de Michoacán, donde tuve un buen puesto los últimos años, y se afilaba ya la guillotina. Mi jefa me dijo: lo bueno es que tú y yo somos maestros y siempre habrá trabajo para maestros, aunque sea mal pagado. Con esa confianza, renuncié al trabajo y volví a Puebla a la edad de cincuenta y dos años, después de treinta y cinco de haber salido, adolescente, a estudiar a la ciudad de México.
Regresé a vivir a la casa familiar de la Calzada de los Fuertes, en la que todavía vivía mi mamá y  una hermana con enfermeras y cocinera. Le decíamos 'la casa nueva' pero ya tenía casi cincuenta años de construida.
La Calzada de los Fuertes de mi infancia era un camino angosto, serpenteante, que subía al fuerte de Loreto y terminaba en el de Guadalupe. Más que calle, era nuestro patio, porque casi nadie circulaba por ahí. Sólo los clientes del Merendero y los escasos visitantes de los dos fuertes. Además, por las noches, algunas parejas de enamorados que buscaban lugares solitarios y obscuros.
Sólo cuando había beisbol se animaba la calzada, porque era el único camino para ir al estadio. Los aficionados tenían que subir caminando desde la lejana parada del camión. Para cortar camino, atravesaban por lo que nosotros llamábamos el Bosque, que era una  enorme extensión baldía sembrada de alcanfores. El Bosque estaba a espaldas de nuestra casa. Lo recorría un camino de tierra con un puente de piedra para cruzar el arroyo que había ahí. El puente ha de estar enterrado bajo las calles del fraccionamiento que hicieron en el Bosque.
A los poblanos les parecía que vivíamos lejísimos. Pero no era tanto. En nuestros vagabundeos infantiles, podíamos llegar caminando al zócalo en menos de media hora. De la calzada bajábamos hasta el paseo viejo. Ahí podíamos  cruzar el río San Francisco por el puente de la 18 Oriente o seguir por la orilla hasta la iglesia del Puente. Cruzar ahí o entrar por 'el estanque de los pescaditos', como se llamaba el callejón que nos llevaba casi hasta donde ahora está el Parián. Los puentes de piedra negra que cruzaban el rÍo también deben estar enterrados en espera de algún arqueólogo futuro.
Frente a nuestra casa, del otro lado de la calzada, estaba el Cerro.  Por ahí nos íbamos hasta el fuerte de Guadalupe y más allá. Varias veces caminamos por el despoblado hasta la casa de unos primos que vivían en la Colonia América.
El fuerte de Guadalupe estaba en ruinas y no nos despertaba ningún interés. Pero el de Loreto nos gustaba mucho. Había siempre algunos soldados vigilando. Por la parte interior de la muralla, el fuerte tenía unas letrinas del estilo de los baños romanos; según nosotros habían sido de los soldados de Zaragoza. A veces las usábamos. Tenía una reja siempre con candado por la que se entraba, según nosotros,  a un túnel que llegaba a la Catedral. Soñábamos con recorrer ese túnel. Parece que los túneles de la catedral son parte de las leyendas de algunas ciudades. En Morelia, sus habitantes juran que hay un túnel secreto que va de la catedral a alguna de las otras otras iglesias o conventos que hay ahí.
Los fuertes volvieron a cubrirse de gloria el día del centenario de la batalla del cinco de mayo, en 1962. La calzada se congestionó de coches y camiones con turistas y familias enteras que intentaban subir a conocerlos. Por esos días se inauguró la autopista México-Puebla y papá participó en una caravana para agradecerle al presidente López Mateos. Papá regresó maravillado de que se pudiera llegar a México en algo más de una hora. Antes, por la carretera vieja, era difícil hacer menos de dos horas.

Más allá de los Fuertes no había nada; ahí terminaba el camino.