viernes, 27 de febrero de 2015

Amplificador de audio, casero.

Hecho con partes compradas por separado. El amplificador 'mitzu' es de los que se usan para los autos. Trabaja con 12 volts. El eliminador de baterías debe tener un ampere de potencia por lo menos. Es estero, funciona con dos bocinas de 12". Sirve con cualquier aparato que tenga salida para audífono.

sábado, 21 de febrero de 2015

EL ESPÍRITU DE SANTIAGO (cuento)

El asunto no me gustó desde el principio pero qué se puede hacer cuando a Mónica se le mete algo en la cabeza y ha de hacerse lo que ella dice. Si me oponía, las recriminaciones iban a durar hasta que la muerte nos separe. Acepté con el presentimiento de que algo iba a salir mal. De todos modos me reclamó, aunque le dije que sí. No bastaba con darle gusto, además tenía que hacerlo con entusiasmo, como si me gustara la idea. De otra manera parecería sacrificio y a ella no le gustan los mártires.
Me refiero a la excursión a Yucatán con la que me salió esa noche cuando regresé de la oficina. Dijo que yo era un viejo acedo que ni vacaciones había pedido por no salir de mi rutina y ella estaba aburrida, quería algo más que vagar por esta casa vieja, una salidita antes de cubrirse de telarañas. Tenía yo que pedir vacaciones y no podían negármelas si las solicitaba con decisión y le recordaba al Secretario que hacía seis años que no las tomaba, que ya era justo, que no serían muchos días y ni hace falta que esté yo ahí todo el tiempo. Sólo iríamos a Yucatán, ni siquiera a Europa.
Hace casi treinta años que nos casamos. Tuvimos dos hijos que ya se no viven con nosotros. Por eso la casa nos queda grande. Aquí hemos vivido por más de veinte años. Compramos la casa con un crédito de los que le daban antes a los empleados del gobierno. Luego de que lo pagamos le dije a Mónica que dejara su empleo si quería. Eso fue un error. No se trataba de que el dinero alcanzara o no, sino de que se entretuviera en el trabajo. Claro, no se aburría mientras los niños estaban chicos. Lo malo empezó cuando se fueron de la casa.
Se aburría por no hacer nada. Cuando yo tengo algún rato libre me gusta tomar fotografías y mejorarlas para que muestren, ¿cómo decirlo? el espíritu de las cosas. Ahora con las computadoras se puede hacer mucho, si tiene uno tiempo y algo de paz. Traté de interesarla en la fotografía pero dijo que no le gustaba andar como tonta (como yo) retratando todo lo que se le atraviesa.
Claro que no le dije que no hacía nada. Hubiera respondido con una larga lista de todas las cosas que hacía, muchas de las cuales eran lo mismo dicho de maneras diferentes como sacudo, paso el trapo, quito el polvo, mantengo limpias las repisas ¿eh, te parece que no hago nada? No recuerdo cuándo fue la última vez que argumenté con ella tratando de usar la lógica, los niños estaban chicos
Me dio una larga lista de razones para ir a la excursión y me pareció que no era mala idea cuando dijo que había muchas cosas que retratar. Casi me entusiasmó. Me convencí de que mis temores eran irracionales porque a todos los viejos, ya casi soy, les da miedo salir de sus rutinas. La verdad es que ni cuando era joven, era aventurero. Sí, tuve algunos atrevimientos pero muy pocos. Proponerle matrimonio, por ejemplo.
Compró dos maletas grandes. “Tú ya verás de qué se llenan” me respondió cuando alegué que la excursión era de sólo seis días. Cuando se ponía así, mis opciones eran pelear o, lo que hice, gruñir un poco y retirarme. Aun con todo el “ajuar de vacaciones”, las maletas se fueron medio vacías. Qué buena idea ponerles ruedas. No hubiéramos podido cargarlas de regreso.
Mónica no paró de hablar desde que nos encontramos en el aeropuerto con los otros excursionistas. Platicó con todos y me dio la impresión de que su tema favorito soy yo, que soy un gruñón, ronco, duermo sin pijama, no me gusta salir pero me trajo a fuerzas y van a ver como sí me gusta aunque no lo admita. Las otras señoras señalaban a sus maridos como diciendo que eran iguales. Yo traté de parecer amable y con una media sonrisa saludé a todos y acepté mis defectos. Puros viejos como nosotros. Ella era la más bonita. Siempre con ropa buena bien combinada. Ya desde ahí iba vestida con unos pantalones cortos y blusa ligera que se le veían muy bien. Su cola de caballo me hizo recordarla de muchacha. Ha conservado la cintura y se puede decir que tiene buen lejos. Al bajarnos del avión, Mónica mostró su previsión al venir con ropa “ya de vacaciones, no tu ropa aburrida de siempre.”
Mérida no me gustó. El calor es insoportable. El espíritu de la ciudad está en las casas derruidas del centro, cuyos habitantes se cuecen mientras ven la televisión en cuartos oscuros. Seguramente la gente de aquí conoce cosas interesantes pero a los turistas nos traen de una ruina a otra. Las tiendas del centro, como las ruinas, son todas iguales. Mónica y las señoras las recorrieron y de cada una salían con algo. Compró huipiles, blusas bordadas, rebozos y faldas indús. Sonrió cuando le dije que ya se quería vestir como la Chamana, su amiga divorciada.
Hasta ese momento, todo iba conforme a lo esperado en las excursiones. La sorpresa vino cuando el gerente del hotel nos dijo que esa noche había baile en la plaza de Santiago, ahí cerca, sin más razón que la de ser martes. Mónica se arregló para ir sin preguntar mi opinión. Sí, era mejor salir a pasear en la noche que meterse al cuarto del hotel. Cuando llegamos ya estaba tocando la orquesta y la plaza llena. Me dijeron que hay un asilo de ancianos cuya única diversión era ir a bailar los martes. Fui a tomarles fotos y en eso estaba cuando vi a Mónica bailando con uno que parecía del asilo pero se movía muy provocativo. Me pareció que Mónica le seguía la corriente y también se puso provocativa. Sonrió y me tiró besos cuando le apunté con la cámara.
De regreso al hotel, dijo que el hombre se puso terco, la invitó varias veces, no se iba, le extendía la mano y había insistido. Venía muy contenta brincoteando por la banqueta. Me mostró cómo era el zapateado que aprendió en la primaria y me decía cómo hacerlo. Esa noche, cosa rara, hicimos el amor.
Fue la última vez. Mónica empezó a mostrarse indiferente conmigo. Contestaba con monosílabos y siempre parecía estar pensando. Cuando yo le hablaba era como si la interrumpiera. Todo lo que compró pareció dejar de importarle. Al regresar a la casa, lo amontonó en un closet sin desempacarlo. Empezó a invadir mis terrenos que eran el mal humor y la desesperanza. En cambio, abandonó el suyo que había sido levantarme el ánimo cuando yo me dejaba caer.
No supe qué hacer. Cuando hablé con los hijos, me dijeron que ella los había buscado. Estaban preocupados por lo que les dijo. No me culpaba de nada, yo era así. La culpa era de ella por haberse casado conmigo y hacerme sufrir. La vida inútil y aburrida se le escapaba de las manos. Se acercaba a la vejez. Ya era vieja. No, no tanto. Todavía tenía tiempo y tenía amigas. Eso es, la amistad era más importante que el matrimonio. Los muchachos esperaban que pronto volviera a la normalidad.
Las cosas empeoraron. Un día me dijo que no quería vivir más en la casa. Puedo reducir su lista de razones a una: no le gustaba la vida conmigo. Yo, como cualquiera, no había sido un buen marido. Acepté pasarle una cantidad mensual mientras volvía a trabajar. ¡Qué va a volver a trabajar! Por lo pronto se fue a vivir con la Chamana, que invoca los poderes del universo y te explica el ying y el yang aunque no quieras.
El sábado pasado vinieron las dos. Ella se soltó el pelo y dejó de pintarse las canas. Traía colguijes de colores y un pantalón de mezclilla que olía a incienso. Dijo que estaba feliz estudiando cosas que no me importan. Sacaron la ropa típica de Mérida, se la probaron toda, dijeron que estaba preciosa, y se la llevaron puesta encima de lo que ya traían. Cuando venga otra vez, le tomaré unas fotos con su nueva moda para reemplazar las que le tomé en el baile de Santiago.

sábado, 14 de febrero de 2015

EL FUEGO ETERNO (Cuento)

-’Id, malditos, al fuego eterno’. Así, queridos jóvenes, les dirá Nuestro Señor a todos los que lo hayan ofendido y mueran en pecado mortal. -El sacerdote miró a los muchachos, casi niños, y tomó aire para la siguiente parte de su sermón- ¿Y saben ustedes lo que es el castigo eterno? Imaginen un muro de aquí a México, alto como esta iglesia, construido del más duro acero. Imaginen que cada mil años viene una golondrina y roza el muro con la punta de su ala. ¿Cuántos siglos tendrán que pasar para que el muro se destruya completamente por causa de los roces de la golondrina? Pues eso no es nada comparado con la eternidad. Si ustedes mueren en pecado mortal irán al fuego eterno. ¿Y quién les asegura que no morirán esta noche? Nuestro Señor, en su infinita bondad, les da la oportunidad de librarse de las culpas. Los que quieran confesarse, voy a estar disponible toda la tarde.

Los adolescentes, con los brazos cruzados, forman una larga cola frente al confesionario. El silencio es absoluto tal como lo prescribe el reglamento de los ejercicios espirituales de encierro que durarán cinco días. Conforme la fila avanza, Rafa se va sintiendo más agitado. Los ojos se le humedecen y se limpia la nariz con la mano. No quiere pasar por la vergüenza de revelar sus pecados más secretos, pero tendrá que hacerlo para salvarse del fuego eterno. Si llegara a morir en pecado esta noche, no podría reclamar nada durante su juicio celestial porque tuvo la oportunidad de confesarse y debe aprovecharla.

-Dime tus pecados.
-Sí, padre, sí.
-Apúrate, que faltan muchos.
-He tenido malos pensamientos.
-¿Con mujeres?
-Sí, padre.
-¿Qué más?
-He mentido a mis padres y a mis maestros.
-¿Qué más?
-Yo, padre, también…
-¿Qué? Dilo de una vez para que pueda yo absolverte.
-Compré una revista inmoral y me… me...
-¿Te deleitas mirándola?
-Sí, me deleito yo solo.
-Es una ofensa grave. Te pones al nivel de las bestias o peor, porque ni los animales lo hacen.  Debes conservarte puro para que puedas entrar al cielo. ¿Te arrepientes sinceramente?
-Sí, padre.
-¿Tienes propósito de enmienda?
-Sí, padre.
En ese momento, Rafa recordó que la revista venía escondida en su maleta. Tendría que destruirla como parte de su propósito de enmienda.
-En penitencia reza dos credos y tres avesmarías. Ego te absolvo. Vete ya.
-Gracias, padre.

Salió del confesionario aligerado, casi dando saltos de alegría. Ya lo había dicho y estaba perdonado. No iría infierno esa noche. ¿Qué haría con la revista? Es la primera vez que compra una. No quiso dejarla en su casa por temor a que la encontrara su madre.  No podía romperla y tirar los pedazos a un basurero. Cualquiera vería lo que era y no sería difícil que supieran quién lo había hecho. ¿Echar los pedazos al excusado y jalar la cadena? No, se taparía. ¿Dejar la revista por ahí en algún lado sin que nadie vea? Capaz que lo acusan de sacrilegio en el lugar sagrado. Además, la casa de ejercicios está llena de sus compañeros que lo pueden ver y después de la campanada nocturna ya nadie puede salir de su celda. No podía quemarla porque olería el humo, vendrían a preguntar y se darían cuenta de qué era eso. Los padrecitos y sus sirvientes andan por ahí vigilando siempre.

Hincado en su celda, Rafa reza su penitencia y pide la ayuda divina para destruir la revista.  Quiere darle una última mirada antes.  No, es pecado. ¡Qué mujeres! Hay una a la que se le ven los pezones. De nada servirá la confesión si vuelve a pecar. ¿Cómo es posible que esas muchachas tan lindas, angelicales, se vayan al infierno? Hay que ver la belleza de esta en la foto a color.

Suena la campana de la noche y Rafa se siente como atrapado junto a un demonio con quien tendrá que luchar. Se levanta de la cama y abre la ventana que da a una especie de huerto abandonado. Sus compañeros también están asomados, fuman y platican en voz baja. Incluso se pasan de una celda a otra.

-¿Qué te pasa, Rafa, qué es esa cara?- Le dice su amigo de la ventana vecina.
-Tengo un problema. Me acabo de confesar pero me traje esta revista y ahora no sé qué hacer con ella porque quiero comulgar mañana.
-A ver. Voy a tu cuarto. Déjame verla... ¡Uf! Está buenísima. Mira nada más.
-Y eso que no has visto esta a color. Es la que más me gusta.
En ese momento, alguien más se asoma por la ventana.
-¿Qué es eso?
-Mira lo que trajo Rafa, y ahora la quiere tirar a la basura.

La revista parece ejercer una acción a distancia sobre sobre los muchachos. La celda de Rafa se llena de compañeros que se empujan y jalan para ver mejor las fotografías. Por momentos sólo se escuchan sus respiraciones aceleradas.

-Y por qué no la quieres, Rafa.
-Es que me acabo de confesar.
-Sólo por ver no es pecado.
-Sí es.
-¡Qué tonto eres! Si no la quieres yo me la llevo.
-No, yo me la llevo. Yo también la quiero.

En la disputa por la revista, le arrancan las hojas.

-Yo me llevo estas.
-Y yo estas otras.

Cada quien se fue por donde vino llevando algunas hojas en el bolsillo y la revista despareció. Nadie murió esa noche.

domingo, 8 de febrero de 2015

UN PADRE CARIÑOSO (Cuento)

Los hombres tienen derecho a divertirse un rato en la cantina. Especialmente aquellos que soportan a jefes impertinentes por una paga menor a la que merecen y que viven siempre peleando con la esposa que sólo sabe pedir dinero y gastar en cosas inútiles. Es lo que hizo el licenciado Antón Ramírez, analista de la Secretaría de Industria, ese viernes de quincena. Esos momentos de carcajadas y auténtica amistad son lo que hace soportable su vida.

Más tarde, cuando Ramírez llegó a su casa sintió un inmenso amor por su hijo de siete años que estaba merendando con su madre.

-Ven, chiquito mio, dame un abrazo. Saluda a tu padre.

El niño, sin levantarse de la mesa, miro a su madre.

-¡Déjalo en paz! Está merendando -dijo la madre.
-Quiero abrazar a mi niño hermoso. ¿No puede un hombre abrazar a su hijo? ¿Sólo las mamás merecen el cariño de los hijos? Ven, tesorito, déjame abrazarte.

El niño se levantó mirando al suelo y se acercó despacio a su padre que lo abraza y se sienta con él en las piernas.

-Véngase con su papito que lo quiere mucho.

Lo besa en la mejilla y lo mantiene apretado.

-¡Déjalo merendar, Antón! Se está enfriando su leche. No estés de imprudente.
-¿Estoy de imprudente porque quiero a mi hijo? No te parezco tan imprudente cuando te doy el gasto ¿Eh?  Pero si quiero consentir a mi hijo y abrazarlo es imprudencia. ¿Verdad, chiquito, que no es imprudencia? ¿Verdad que te gusta abrazarme? Dile a tu papito qué quieres, anda.
-Quiero mi leche- dijo el niño con voz apenas audible.
-Sí, sí claro. Pero yo soy tu papito y me gusta jugar contigo y abrazarte porque eres mi niño lindo. Dame un besito aquí, anda, y ya te vas a acabar tu merienda. Pero luego jugamos ¿eh?

El niño besa la mejilla de su padre y empieza a forcejear para soltarse.

-¡Ay, que rico besito me diste! Dame otro, ahora de este lado.
-¡Ya déjalo, caramba! -dijo la mamá- ¿No te das cuenta de que ya se quiere ir?
-Ya lo voy a dejar. Lo has puesto contra mí, que soy su padre. Tenías que haberlo enseñado a quererme y ahora me reprochas que yo lo busque. Yo adoro a mi chiquitín. Cuando las cosas se ponen difíciles en la oficina, pienso en él y sólo por eso me aguanto. ¿Y tú no quieres que lo abrace? ¿Qué clase de madre eres? Qué injusta es la vida con los hombres...Ándale, mi niño lindo, ve a a merendar. Pero mañana vienes conmigo. Tú y yo solitos. Te voy a comprar un juguetito en la tienda, ¿eh? Lo que tú quieras.
-Sí, papá.
-Dime papito.
-Sí, papito.
-Antón, cuando estás tomado prometes muchas cosas que luego no puedes cumplir.
-Ajá. Ahora resulta que estoy tomado sólo porque quiero a mi niño. No puedo ir un rato a divertirme con mis amigos porque ya dices que estoy borracho. ¡Óyeme bien! Esa es la única diversión que tengo y me la quieres quitar. Claro, tú vives muy contenta aquí mientras yo me friego todo el día en la oficina. Pero eso no te importa. ¡Se acabó! ¿Me entiendes?. El día que tú me des dinero, entonces vigilas cómo me lo gasto. Merezco un descanso. Me voy a dormir ¿Tienes algún problema con eso?
-No, no.
-Porque si tienes algún problema, ahora mismo lo arreglamos.
-No, ningún problema. Me parece muy bien que te vayas.

Antón Ramírez durmió y roncó hasta las once de la mañana del sábado. Su adorado hijo le estuvo espiando el sueño desde las nueve. Cuando vio que despertaba, entró a su cuarto.

-¿Ya nos vamos, papito?
-Me siento mal. ¿Entiendes? Ahora quiero quedarme en mi casa. ¡Mi ca sa! Ve y dile a tu mamá que me traiga una jarra grande de agua de limón... No creas que anoche no me di cuenta de que no querías abrazarme. Eres como tu mamá: sólo estás viendo qué me sacas. ¡Anda! Ve a hacer lo que te dije y cierra la puerta cuando salgas. ¡Ya, vete! ¿Qué tanto estás mirándome?

viernes, 6 de febrero de 2015

FELIPITO NOMEGUSTA (Cuento para mis nietos)

Este era un niño que se llamaba Felipito. Cuando cumplió ocho años, sus papás le hicieron una fiesta de cumpleaños a la que invitaron  a todos sus amigos de la escuela. Los niños y las niñas de segundo año le trajeron muchos regalos y estuvieron muy contentos. Lo único que no les gustó fue que, otra vez, todo lo que había de comer era pizza de jamón y helado de vainilla con cajeta. Es lo que Felipito pidió. Lo mismo pasó en su fiesta de siete años y en la de seis. Los niños invitados dijeron “¿Otra vez pizza de jamón y helado de vainilla con cajeta?” Eso es lo que come Felipito  todos los días.  El helado de fresa no le gusta. El de chocolate le sabe horrible. Y al de vainilla hay que ponerle cajeta porque si no, hace un berrinche y no se lo come.

Cuando trajeron el pastel de la fiesta con ocho velitas, todos los niños se pusieron muy contentos porque era de chocolate. Cantaron ‘Las mañanitas’ y ‘Feliz cumpleaños’ y le pidieron a Felipito que apagara las velas. Él sopló con todas sus fuerzas pero sólo pudo apagar seis velas. Luego los niños le dijeron que tenía que darle la primera mordida al pastel. Felipito no quería probarlo y los niños estaban esperando porque si él no empezaba, los demás no podían comerlo. Su mamá le dijo “Ándale Felipito, prueba el pastel para que todos los demás puedan comerlo”. Pero él no quería. Entonces todos los niños empezaron gritar “Que lo muerda... que lo muerda”. Hasta que Felipito, que estaba parado frente al pastel dijo “Es que no me gusta”. Todos los niños y niñas empezaron a decir que lo tenía que pribar aunque no le gustara porque si no, nadie podría comer. “Es que no me gusta” volvió a decir Felipito. Entonces, uno de los niños más grandes lo empujo de la cabeza y le embarró la cara y la boca de pastel. Ya con eso, todos los niños pudieron comer.

Claro que Felipito está muy flaco y chiquito porque su mamá no puede darle todos los días pizza de jamón y helado de vainilla con cajeta. ¿Y entonces qué pasa? Pues que come muy poquitito. Si le dan carne, se come dos pedacitos y se pone a jugar. Luego dice “Ya acabé” y lleva corriendo su plato a la cocina con toda la carne que no se comió. Otras veces riega la comida por todo el plato para que parezca que ya es poquita.

Su papá le dice “Cómete la carne, Felipito, para que te pongas fuerte” y él contesta “Es que no me gusta, papá”. Su mamá le dice “Come la carne para que te pongas gordito” y Felipito contesta “Es que no me gusta, mamá”.  A veces, su papá se enoja y le dice que tiene que comer, que no se puede parar de la mesa hasta que se acabe toda la comida. Entonces, cuando no lo ven,  Felipito tira la comida al suelo para que se la coma el perro que se llama ‘Pipo’. “Ya acabé” dice Felipito mientras Pipo limpia todo.

Un día, su amigo Santiago lo invitó a comer a su casa. La mamá de Felipito se puso muy preocupada porque ya sabía que no iba a comer nada y a la mejor no lo volvían a invitar. Entonces inventó una mentira y le dijo a la mamá de Santiago “Gracias por invitar a comer a Felipito a tu casa, él está un poco enfermo del estómago y lo único que puede comer es pizza de jamón y helado de vainilla con cajeta. Yo puedo llevar eso a tu casa para que él coma”. Felipito, que estaba oyendo, se puso muy contento. Pero la mamá de Santiago dijo que ella tenía milanesas con puré de papa que todos los niños pueden comer sin que les haga daño. Felipito oyó eso y pensó “¿Milanesas? Quién sabe qué será eso. No me van a gustar, y no me las voy a comer”.

Cuando llegaron a la casa de Santiago, Felipito estaba muy preocupado porque no sabía qué hacer para no comer eso que le iban a dar. “¿Tú tienes perro?” le preguntó a su amigo. “Sí, tenemos dos perros”. Entonces Felipito pensó “Voy a hacer lo mismo que hago con Pipo” y se puso muy contento. Llegó la hora de la comida y venía de la cocina un olor muy sabroso. “Mm, que rico huele como a pizza de jamón” dijo Felipito. “No, no, huele a milanesa. Vengan, niños, a comer” dijo la mamá de Santiago. “No me gusta y no me la voy a comer” pensó Felipito. Le sirvieron un milanesa muy grande partida en pedazos. Felipito estuvo revolviéndola con el tenedor sin probarla. “Esta carne se ve horrible y ha de saber horrible” pensaba. Pero la mamá de Santiago le dijo que se la comiera, que no le iba a hacer daño al estómago.  “Es que está caliente -dijo- estoy esperando que se enfríe”. Santiago ya se estaba acabando su milanesa y Felipito, que todavía no probaba la suya, dijo “¿Y dónde están los perros? Me gustaría verlos ahora”. Pero los perros estaban en el jardín y no los dejaban entrar a la casa cuando era la hora de la comida. Entonces Felipito cogió el pedazo de carne más chico que encontró y se lo llevó a la boca pero no lo masticó. Ahí lo tuvo en la boca hasta que se lo tragó con un gran buche de agua. Cogió otro pedacito y lo mismo. Pero se le acabó el agua y ya no pudo hacer más buches. Como todavía le quedaban muchos pedazos de carne en su plato, Felipito hizo el truco de la servilleta: se metía un pedazo de carne a la boca y hacía como que se limpiaba para escupir y envolver el pedazo con la servilleta. Cuando dijo “ya acabé”, su plato estaba limpio y su servilleta mostraba el bulto con todos los pedazos de carne. La mamá de Santiago dijo “De postre hay helado de vainilla porque le gusta a Felipito”. “A mí me gusta con cajeta” dijo él. Pero no había cajeta. “¿Qué clase de casa es esta en la que no hay cajeta?” pensaba Felipito que quería llorar, pero se aguantó y sólo se le salió una lagrimita. De puro berrinche, no se comió el helado. Lo revolvió con la cuchara hasta que se derritió totalmente.

Otro día, su mamá pensó en un truco para hacerlo comer otra cosa que no fuera lo mismo de siempre. Preparó un pastel de carne y le dijo a Felipito que eso era una pizza de jamón de un nuevo estilo. Pero Felipito pensó “me quieren engañar para que coma eso pero no me voy a dejar”. Llegó la hora de comer y  probó un pedacito que le supo muy bueno. Entonces no supo qué hacer. Probó otro pedacito y, sí, estaba bueno. De todos modos, al final decidió que no se lo iba a comer porque no era pizza de jamón y que ya todos deberían saber que eso era lo único que él comía. Dijo “no me gusta” y no se lo comió aunque sí le había gustado.

En la escuela se volvió famoso por no comer casi nada. Sus compañeros le pusieron de apodo “Felipito, nomegusta” . Hasta una maestra le dijo “nomegusta” y todos los niños se rieron porque la maestra creyó que así se llamaba.

Cuando iba a cumplir nueve años empezó a repartir las invitaciones para su fiesta de cumpleaños. Todos los niños decían “Ya sabemos lo que va a haber en tu fiesta: pizza de jamón y helado de vainilla con cajeta.  Ya no queremos eso”. Entonces la mamá de Felipito dijo que cocinaría cosas muy sabrosas para todos y lo mismo de siempre para el cumpleañero.

Llegó el día de la fiesta y Felipito estaba muy ansioso tratando de adivinar qué le traerían sus amigos. El primero que llegó fue Santiago con una gran caja de regalo. ¿Y qué era? Una rica pizza de jamón toda entera para Felipito. Luego llegó una niña con su regalo que era un bote grande de helado de vainilla y un frasco de cajeta. Felipito estaba feliz. Luego llegó otra niña que trajo otro bote de helado y otro frasco de cajeta. Y el siguiente niño trajo otra pizza grande de jamón. Todos los niños le trajeron pizza de jamón y todas las niñas le trajeron helado con cajeta.  Le decían “te traje lo que más te gusta, anda, pruébalo” hasta que Felipito no pudo más de tanto que había comido. Se sintió enfermo y se fue a acostar con dolor de estómago mientras sus amigos estaban muy divertidos en la fiesta.

Al otro día, como siempre, su mamá le calentó un gran pedazo de pizza. Sólo de verlo a Felipito le volvió a doler estómago y no quería comerlo. “¿Entonces qué vas a comer si no quieres tu pizza de siempre?” le preguntó su mamá.   “Ya no quiero -dijo- dame cualquier otra cosa.” Y desde ese día ya come casi todo. Pero en la escuela siguen diciéndole “Felipito nomegusta”.