sábado, 20 de diciembre de 2014

El correo electrónico (cuento)


-¡Poncho, Poncho! No puedo abrir el correo. Me llamó la comadre para decirme que mandó las fotos del bautizo de sus nietos y quiero verlas, pero la computadora no me deja. Es una lata. Ya hice todo lo que Ponchito me enseñó y de todos modos no se puede. Esta computadora ya está vieja. Se queda pasmada. Yo necesito una con la letra más grande.

Después de tantos años de casados, Lupita seguía creyendo que Poncho podía resolver cualquier problema. Si no lo hacía era sólo por su mal carácter. Si Poncho declaraba que no podía eliminar al mosquito nocturno que zumbaba en la recámara, es que ya no la quería. Si la olla exprés fallaba y Poncho no averiguaba por qué, era por sus ganas de fastidiarla. Por eso Lupita prefería la ayuda de su hijo y le guardaba los problemas para el fin de semana que venía de visita. Desgraciadamente, Ponchito se parecía cada vez más a Poncho grande y, por pura flojera, alegaba que no sabía cómo hacer lo que su madre deseaba.
 -¡Ya, ya voy!- gritó Poncho.
-Lo que pasa es que no me enseñaste bien lo del correo.

En realidad Poncho arreglaba la mayoría de los problemas de la computadora con dos remedios: o la reiniciaba o la apagaba hasta el día siguiente. Si nada servía, también esperaba a Ponchito. Ahora, mientras observaba la pantalla, Lupita le platicaba todos los síntomas como si él fuera un doctor.

-Siempre sale un letrerito pero ahora no. Le picas y ya te muestra los archivos o lo que quieras. Ponchito me dijo que le picara aquí, pero mira, le pico y no pasa nada... ¡Oh, ya se borró todo! ¿Qué pasó?
-No sé.
-¿Pues no que tú sabías? ¿Sabes qué hacer o no?
-Voy a reiniciarla.
-Eso va a tardar. Voy a la cocina y me avisas cuando ya esté.
-Necesito tu clave del correo.
-Ya te la dije desde el otro día, pero no te fijas en lo que digo.

Después de que Poncho reinició la computadora, pudo abrir el mensaje de la comadre.

-Ya están las fotos. Ven para que te explique cómo verlas.
-No puedo ir. Estoy con el horno. ¿No puedes esperarme tantito?
Poncho lamentó el día que le abrió una cuenta de correo a su mujer y la animó a comunicarse con sus amigas. Ahora lamentaría también haber leído el mensaje de la comadre, pero no tenía nada más que hacer. "Pobre de ti. Te compadezco por todo lo que me dices de Poncho. Así estaba de chocho mi marido: cascarrabias y cada día con una nueva necedad. No sabes cuánto he descansado desde que enviudé y, sobre todo, lo bien que duermo. Verás que tus oraciones serán atendidas y pronto el Señor lo llamará a su lado"

En ese momento, Lupita apareció con un plato de galletas tibias y olorosas que puso al alcance de Poncho. "Estaba enojada -pensó Poncho- y ahora me trae galletas. Ella no las ha probado. Es claro que quiere que yo las coma todas para que me enferme".

-¿Qué le hiciste a la compu que ya funcionó? Explícame por si vuelve a pasar.
-Nada más la reinicié.
-¿Por qué conmigo no quería?
-No sé.
-¡Caramba, contigo! Así te voy a decir cuando me preguntes algo.

Mientras se acomoda para mirar las fotos, Lupita comenta que ya se le acabó el veneno para ratones y le pide a Poncho que compre un paquete grande. Le acerca más el plato de galletas y él sólo aprieta los dientes. Ella lee el correo de su amiga.

-La comadre te manda saludos...Dice que le recuerdas al compadre... Yo creo que se siente sola... especialmente en las noches. ¿Quieres que le diga algo de tu parte?
-Dile que estoy peor, que ojalá le den pesadillas y que venga el compadre a jalarle los pies y a despeinarla.

Avienta las galletas y las pisotea una por una hasta pulverizarlas.

-Y tú te vas a quedar con las ganas aunque reces todo el día.
-¿Con cuáles ganas me voy a quedar? Las galletas eran para ti.
-Yo nunca he visto ratones en la casa.

El siguiente fin de semana, Lupita le pidió a su hijo que cambiara la clave de su correo.

lunes, 15 de diciembre de 2014

MARGARITA (Cuento)

Ya era noche cuando Margarita llegó a mi oficina. La mascada que ocultaba su cara era insuficiente para disimular la hinchazón. Me pidió ayuda porque su marido estaba borracho y la había golpeado.
Me miró expectante a través de la rendija de sus ojos. En voz baja me dió sus datos generales y apenas pudo contener el llanto cuando aceptó quedarse esa misma noche en el refugio a mi cargo. Su ropa tenía algunas desgarraduras y tierra pegada. Excepto por un pequeño monedero, no traía nada más.
Durante el viaje al refugio, sollozaba en el asiento trasero del coche. Miraba por la ventana como para saber dónde estábamos. Luego me confesó que tuvo miedo cuando la llevaba por esa brecha oscura. Allá vamos, le dije, es aquella granja.
Las residentes la recibieron con alborto. La rodearon, la tocaron y la abrazaron. Ella se dejó hacer y daba las gracias. La mascada cayó de su cara. "¡Mira nada más!" Parecía un boxeador derrotado. Ella bajó la cabeza avergonzada. Quería taparse con las manos pero no la dejaron.
Al tercer día, cuando regresé a hablar con ella para hacer mi informe, la habían maquillado para disimular los golpes y le prestaron un vestido rojo entallado. Me pareció como esas plantas que florecen de un dia para el otro. Cuando la saludé, sonrió. Me contó su historia en varias sesiones, con muchos más detalles y confidencias de los que yo necesitaba. Eso me gustó y le hice más preguntas de las que estaban en el formulario. Descubrí que Margarita era mucho más atractiva de lo que me pareció al principio.
Vivía en la parte alta del taller del Flaco, como le decían a su marido los motociclistas que todo el día pasaban por ahí. A la hora de cerrar, y a veces antes, se echaban unos tragos de aguardiente y no faltaba quien trajera marihuana. En ocasiones se les pasaba la mano.
Me contó que desde que era muchacha le había gustado ese flaco bigotón que la rondaba en su Harley con el escape abierto y la llevaba a pasear por la carretera. Era amable y cariñoso, la hacía reír con sus ocurrencias y la convenció de irse a vivir con él a los altos del taller. Al principio estaba contenta, pero una noche él se emborrachó y exigió que le diera de cenar. Ella, que ya se había acostado, se negó. Él quiso levantarla a la fuerza y, como se resistió, empezó a golpearla en la cara y en la espalda.
Cuando él vio sus lágrimas lloró también y le pidió perdón. Le dijo que la quería pero lo había hecho enojar. Ella aceptó su culpa por no haberse levantado. Esa noche hicieron el amor y durmieron abrazados. Entre susurros le pidió que no le volviera a pegar y él prometió que no lo haría.
La escena se repitió varias veces. Margarita pensaba que era responsable por no esperar al Flaco para darle de cenar cuando se emborrachaba en el taller con sus amigos. Cuando me lo dijo, en el refugio, mostró señales de arrepentimiento por no ser buena esposa. Luego bajó la vista, se acomodó la falda y siguió su relato.
"Esto sí me da mucha pena, licenciado. Una noche subió el Flaco con uno de sus compadres que siempre se me quedaba mirando. Yo nunca le di motivo. Ahí estaban los dos, marihuanos. El flaco me dijo que era su amigo sincero, con quien no tiene secretos y quién sabe cuántas cosas más. Que quería que yo... me da vergüenza... Me dijo que si lo quería, entonces le hiciera yo el favor de acostarme con su amigo; que ya se había comprometido y las promesas se cumplen. Yo, licenciado, vi que se empezaba a enojar y no quise que me pegara delante del fulano. Así que le dije que bueno, que estaba bien. Ni crea usted que yo sentí nada. Nomás quería que acabara y se largara. Al otro día le dije que no lo volviera a hacer, que qué cosa era eso de yo me metiera en la cama con otros. Dijo que sí, que tenía yo razón, que no le gustaba pero que había que hacer algo por los amigos.
"A la siguiente semana volvió a subir el flaco, ahora con otro. Me dió las mismas razones y, para no hacerlo enojar, le dije que bueno. Luego a la siguiente subió otro amigo solo y me dijo que el Flaco le había dado permiso. Éstos ya agarraron camino, pensé, y le dije que no. Que yo no era de esas. Se fue y regresó con el Flaco, quien empezó a pegarme y a decirme groserías. Fue la noche que llegué con usted, licenciado... A ver si ya aprende a no prestarme como si fuera yo un trapo para limpiar. Los golpes puedo aguantarlos porque, ni modo, soy mujer. Pero no me gusta meterme a la cama con sus amigos borrachos que se ponen como perros... Ahora ya sabe qué clase de mujer soy."
¿Había coquetería en su forma de mirarme cuando dijo esto último?
Otro día me contó cómo había desconfiado de mí la noche que la llevé al refugio. Se reía como si ahora le pareciera un temor absurdo. Me dijo que esa primera noche no durmió sino que pensó en el Flaco y en su casa. Él es bueno, se decía, lo malo es cuando toma y fuma. Toda la noche se preocupó por lo que haría el Flaco cuando ella regresara.
En la mañana vinieron Gudelia y la Güera a curarme. Cuando me bañé vieron todos los moretones en mi cuerpo desnudo. Usted no los puede ver, licenciado. La Güera me dijo que todos lo moretones se me iban a quitar, que ella y Gudelia habían llegado peor que yo. Ahora se veían tan contentas. Me prestaron ropa limpia, me peinaron y me pusieron algo de polvos para tapar los golpes en la cara. Frente al espejo empezamos a reírnos y nos hicimos amigas”
Al segundo día pidió permiso para usar el teléfono del refugio. Quería hablar con el Flaco. Dijo que necesitaba decirle algunas cosas urgentes. No se podía prestar el teléfono, pero ella no se resignó.
Un sábado, día de salida, Margarita se fue muy arreglada con las otras residentes a pasear por la ciudad. En algún momento se escapó y llamó al taller para explicarle al Flaco que estaba en el refugio curándose de la golpiza. Le repitió que sí lo quería, pero que no le gustaban sus amigos. A pesar de que él insistió, no le dijo dónde estaba en ese momento por temor a que fuera en su moto a recogerla, pero quedó de volver a llamarlo el siguiente sábado.
El lunes temprano hubo mucho ruido en la oficina porque llegó el Flaco a exigir que le devolvieran a su mujer. “¿Y para que la quiere usted? -le grité- ¿para seguir golpéandola y prestándola a sus amigos?” Entrecerró los ojos y me miró fijamente, como si quisiera saber con quién trataba y cuánto sabía yo. Me disgustaba más que cualquiera de los otros maridos con quienes había yo hablado. Me enojaba que maltratara a Margarita y que ella siguiera enamorada de él. Ahora me daba cuenta de que ella me atraía, que siempre que la veía, fantaseaba con meterme a la cama con ella.
Eché al Flaco con la advertencia de que Margarita se quedaría todo el tiempo que ella quisiera. Creí ver una sonrisa bajo su bigote cuando le dije que no podría hablar con ella por teléfono.
Apresuré mi siguiente visita al refugio.
-¿Qué le pareció el Flaco, ahora que lo conoció? Aunque no sea su amigo, le puede ayudar cuando quiera usted comprarse una moto.
-No, Margarita. La moto es muy peligrosa.
-Tiene usted que saber manejarla bien, con cuidado. Debería intentarlo. Yo sí sé cómo.
Hizo un amplio ademán de manejar una moto, rozó mi brazo y mis manos, que no retiré. ¿Buscó el contacto o fue causalidad?
Ahí estaba, a mi alcance. Podría yo estirar mi mano, acomodarle el cabello y acariciar su mejilla de durazno. Cualquiera que viera nuestras risas y mis movimientos habría adivinado cuánto me gustaba estar con ella. “Más vale que te contengas -me dije- bonito escándalo armarían los periódicos si olieran que el responsable del refugio tiene amoríos con las mujeres a su cuidado. Tal vez alguien haya notado tu preferencia por Margarita, y el asunto sea ya un chisme general. Compórtate como funcionario a cargo”
A las cuatro semanas, Margarita se quejó conmigo porque se aburría en el refugio. El Flaco, por teléfono, le había dicho que la quería, que ya no le iba a pegar ni a mandarle a sus amigos. Ella quería verlo a la cara para saber si era sincero.
-Me dijo que ya no lo va a hacer, que lo perdone y regrese. Ya lo extraño, licenciado, y quiero estar con él. ¿Usted que cree?
-No te vayas, Margarita. Quédate aquí mientras encuentras una nueva vida en la que seas más feliz. Yo...
-¿A qué me quedo? Aquí estamos como monjas. Usted hace lo suyo y ya tiene su vida.
-No te puedo retener aunque quiera. Aquí no es cárcel... ni convento.
-Convento, yo creo que sí y usted es el padrecito.
-¡Ay, Margarita! El Flaco no va cambiar.
-Por eso quiero verlo, para ver si es verdad lo que dice. Déjeme hablar con él, como un favor especial. Sea bueno conmigo.
Tomó mi mano y la retuve. Sentí sus uñas en mis palmas. Nuestros dedos se entrelazaron. Con sus nudillos toqué mi cara y mis labios. Nos miramos y para los dos fue claro que nuestros mundos se habían tocado por un instante pero ya se separaban. Entonces aflojé para que cada quien siguiera su camino.
Al día siguiente no hubo manera de retenerla. Gudelia y la Güera le organizaron una despedida y le echaron porras como si fuera a casarse. Se me colgó del brazo cuando se la entregué al Flaco. Iba con su vestido rojo y los labios muy pintados. Desde el asiento de la Harley me lanzó un beso. Se pegó a la espalda del flaco que aceleraba y, muy sonriente, me dijo adiós.

Noviembre, 2014.

martes, 18 de noviembre de 2014

Voz pública

Me invitaron a colaborar en un periódico 'online'. No pude resistir la tentación de aceptar a pesar de saber cuánto tiempo hay que dedicarle a un texto semanal y a pesar de saberme ignorante de los grandes problemas nacionales y de las grandes soluciones. ¿De qué voy a escribir? No quiero decirle a cada quien lo que tiene que hacer. Tampoco quiero irme por el camino fácil del autoazote mexicano ni por el más fácil de criticar a los gobernantes. No estoy para hacer advertencias terribles sobre lo que sucederá si no me hacen caso.Tampoco quiero repetir lo que ya dije con toda inutilidad.

Dentro de todas esas limitaciones autoimpuestas ¿qué queda? Intentaré criticar los absurdos, descubrir ideas erróneas y razonamientos falaces. Señalaré costumbres molestas y costosas. Creo que es inevitable ser moralista y hablar de las costumbres sociales cuando se tiene voz pública. Prometo evitar la solemnidad (y si no hiciere, que la patria me lo reclame) Trataré de ser entretenido; que nadie sienta que perdió su tiempo leyéndome. No respetaré, no, las reglas tan duramente aprendidas para hacer ensayos y para expresar opiniones serenas y bien fundamentadas. Sobre todo, prometo ser breve.

A mis imaginarios lectores les avisaré de la publicación cada miércoles.

lunes, 13 de octubre de 2014

El recibo de luz

Me llaman la atención los siguientes datos de mi recibo:
Total a pagar: 399.00
Costo de producción: 1,248.32
Aportación gubernamental: 922.50
O sea que lo que consumo de electricidad cuesta realmente 1,248.32 y sólo me cobran 399.00 
¿Estoy subvencionado por el gobierno o ese costo de producción incluye la corrupción y la ineficiencia de la CFE? 
Me inclino por la segunda opción basado en el estudio del IMCO según el cual la electricidad es más cara en México que en USA y casi tan cara como en Europa. Quizá el recibo debería decir:
Costo aproximado de la corrupción e ineficiencia de CFE: 922.50.

Es posible que la esperanza de EPN de que baje el costo de la luz con la reforma energética esté fundamentado en las cifras de la ineficiencia.
Aquí el estudio de 2006.
(http://imco.org.mx/…/…/8/tarifas_electricas_en_mexico_06.pdf)

viernes, 12 de septiembre de 2014

La cereza en el pastel de la vida

En la presentación del libro Contar la vida aproveche el micrófono para decir este alegato en favor de la educación para los adultos mayores:
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Este libro es un producto colateral, casi accidental, del taller de escritura autobiográfica en el que participamos ocho adultos mayores guiados por Álvaro Solís.

Ya habíamos gozado de nuestra creación, ya habíamos organizado las décadas de nuestras vidas para narrarlas, ya habíamos conocido nuestras biografías y apreciado nuestras posibilidades literarias cuando se mencionó que había un presupuesto que podría emplearse para editar un libro, éste que ahora presentamos.

El producto principal del taller no fue el libro sino el disfrute de la creación literaria de los participantes. Disfrutar la creación artística, aprender a contar sílabas, de Cuco Sánchez o de Miguel Hernández, recrear la vida de hace 40 o 50 años. Ese fue el beneficio.

¿Está bien o mal empleado el dinero que se da para cursos a los adultos mayores? Después de todo, si no aprendieron a escribir cuando eran jóvenes, menos ahora que están viejos. 

Y además, a casi nadie le importan los recuerdos de los viejos nostálgicos.

Pero no se trata de formar el siguiente premio Nobel de literatura ni de editar el siguiente best seller. Pensar así es pervertir la función de Conaculta cuya misión incluye estimular la creación artística y cultural en beneficio de la sociedad. Subrayo la parte que me parece importante: en beneficio de la sociedad.

Los beneficiarios de los cursos y talleres para adultos mayores, son quienes participan en ellos. No los imaginarios lectores de los libros como este.

De todos los miembros de la sociedad, los adultos mayores son los más abocados para beneficiarse con la existencia de Conaculta. Ellos tienen tiempo, buena disposición y experiencia para cultivar las artes. Ni la televisión, ni internet, que acaban por ser aburridas, pueden disfrutarse como la actividad cultural de un curso o taller.

La creación artística de cualquier modalidad, el conocimiento y el aprecio de los mejores productos de la humanidad son un lujo que muchos jóvenes no pueden darse porque están demasiado ocupados en patalear para no ahogarse. Pero los viejos sí. Por qué no pensar en actividades para ellos como lecturas compartidas de lo trágicos griegos o de las grandes novelas desde la Celestina hasta Ulises, o escuchar las creaciones musicales desde el barroco hasta el siglo 20, o contemplar la obra plástica. Siempre bajo la guía de expertos patrocinados por Conaculta.

El disfrute de las creaciones culturales es un fin en sí mismo, no hay un para qué más allá. Es la cereza del pastel de la vida, que los adultos mayores están en posición de apropiarse con la ayuda de Conaculta.

sábado, 30 de agosto de 2014

EL CHIQUILÍN, Cuento en borrador


La nota sobre el asesinato del Chiquilín, cantante de boleros, llamó la atención del doctor Rodrigo mientras leía el periódico esa mañana de 1997. Se enteró de que vivía no muy lejos, en una calle por la que él había pasado varias veces. De haberlo sabido, la habría evitado
 
El doctor recordó esa tarde remota en Guadalajara cuando junto con sus amigos adolescentes fue a la carpa en la que se presentaba el compositor, que empezaba a ser famoso por su gran éxito del radio: Así me gusta. En la carpa todo parecía improvisado. El público se sentaba en bancas de madera sin respaldo. Encima de una tarima que lo elevaba un poco sobre el público, el Chiquilín sentado con su guitarra. Los postes que sostenían la carpa obstruían la vista.

Antes de cantar, el Chiquilín empezó a bromear con el público de las primeras filas entre las que estaba Rodrigo con sus amigos. "¿A qué vinieron? Esto no es para chamacos ¿A poco ustedes ya entienden del amor?" Entre canción y canción, el Chiquilín se ensañó con un hombre joven que estaba con su novia. "A ver tú, cuéntanos de tus decepciones amorosas". "Ahora sí ya nos vas a contar. Ándale, no le saques. Te presto el micrófono". El público reía a carcajadas. Feliz, el Chiquilín paseaba su mirada como buscando una nueva víctima. Rodrigo no quería mirarlo para que no le dijera algo. No sabía para dónde voltear. Se agachó como para amarrar sus zapatos. Hiciera lo que hiciera, si el Chiquilín se fijaba en él se daría cuenta de su miedo y sería el nuevo hazmerreir. Con la respiración agitada, se levantó para ir al baño y se tardó lo más que pudo. No regresó a su lugar. Se quedó lejos del cantante, ocultó trás un poste hasta que la función acabó.

En una burla final, el Chiquilín le pidió perdón al hombre joven "porque te agarré de puerquito. Para que veas que soy cuate, ve a que te devuelvan las entradas". Con eso provocó la última carcajada
 
Los éxitos del Chiquilín aumentaron. Los hoteles y cabaretes se lo disputaban. Salía en la televisión y se presentaba de manera regular en el café Copacabana que siempre estaba lleno. "Vamos a verlo" le dijo su esposa al doctor Rodrigo cuando estaban recién casados. Él dijo que odiaba los boleros, que el Chiquilín era un payaso, que ni cantaba bien, que no entendía por qué era tan famoso. Eso dijo, pero sabía muy bien por qué no quería ir a verlo. Desde entonces, en casa del doctor quedaron prohibidos los boleros, los cantantes románticos, y los tríos.

En los siguientes años, la fama del Chiquilín se fue opacando. A veces, el doctor Rodrigo veía que aparecía como "invitado especial" en algún programa de televisión, -y cambiaba de canal inmediatamente- o que lo anunciaban en algún teatro de variedades entre, malabaristas, cómicos y encueratrices.
Se olvidó del Chiquilín hasta la noticia del asesinato. A las once de la noche, dos hombres tocaron la puerta de su casa y cuando abrió le dieron cinco balazos. Nunca se aclaró el crimen. La policía especuló que se trataba de una venganza de narcotraficantes por deudas. También dijeron que se había metido con la esposa de un cacagrande. El doctor Rodrigo sospecha que lo mandó matar uno de sus puerquitos. Como si le hubieran quitado un peso de la espalda, se sintió aliviado al terminar de leer la noticia.

P.D. (13 Ene 2015) Reelaboré completamente este cuento. Aparecerá en este blog.

Parábola del humanista

Las gentes del pueblo, molestas con ese hombre que les incomodaba, le dijeron airadas:
-Tú no eres humanista como dices porque estás contra nuestra libertad de creencias y de culto. Sal de nuestro pueblo antes de que te lapidemos.
Respondió el humanista:
-Se equivocan. No estoy  contra la libertad de culto, estoy contra el culto. No estoy contra la libertad de creencias, estoy contra las creencias.

sábado, 16 de agosto de 2014

LAS FLORES DE CLARITA. Cuento.

La familia Méndez está hincada frente a un grueso eucalipto en la avenida Forjadores de Puebla. El maestro carpintero don Ángel, con su esposa Clara y sus dos hijos, Angelito y Chucho, están en un camellón en el que apenas caben los cuatro. Los autos y camiones les pasan por ambos lados. Durante casi cuatro años han venido a rezar,  traer flores y  sacudir la cruz que don Ángel hizo con todo amor y en la que escribió con letra muy cuidada: Aquí falleció la señorita Licenciada María Clara Méndez Muñoz. Nació 15 Marzo 1980. Descansó 21  Mayo 2009. Recuerdo de sus padres y hermanos. DEP.
Clarita fue la hija mayor.  Le gustaba la escuela y sacaba buenas calificaciones que enorgullecían a su padre. No como sus hermanos que eran muy flojos para el estudio. Cuando terminó la preparatoria, doña Clara quería que trabajara para ayudar con los gastos de la casa. Clarita dijo que quería ir a la universidad y ser abogada. ¿De dónde habría sacado esa idea? Nadie de su familia ni de los vecinos y amigos de la colonia Romero Vargas iban a la universidad. Don Ángel supo que no podría oponerse y que tendría que limitar sus gastos.
Cuando Clarita entró a la facultad, hicieron una fiesta. Hubo discursos, brindis y bromas. Le decían que se acordara de sus amigos de la colonia, que los sacara de la cárcel y los defendiera cuando los quisieran embargar. Ella prometió ser buena estudiante y  agradeció a sus papás y a sus hermanos el esfuerzo que harían.
Don Ángel despidió a sus ayudantes de la carpintería y metió a Angelito y a Chucho como aprendices.
-Tenemos que chambearle duro para sacar adelante a Clarita.
Gastaban en libros, en camiones, en comidas y en la ropa que necesitaba para las prácticas profesionales y para algunas fiestas de los estudiantes.
Clarita tomaba el camión a las seis de la mañana para ir a sus clases. Su mamá le preparaba café y le daba dinero para una torta. Después de la universidad, iba a los juzgados a hacer sus prácticas como litigante.  Regresaba por la noche a merendar el recalentado de la comida. Desde el tercer año, ya llevaba algunos asuntos y ganaba sus centavos. Quería comprarse un cochecito.
Ella cumplió su promesa. El día de su graduación, toda la familia fue a la ceremonia en la facultad. Se sentían raros: ellos con el traje que les apretaba y Doña Clara sin delantal para limpiarse las manos antes de saludar. Compraron las fotografías que ahora están en las paredes de la casa: Clarita recibiendo su diploma, Clarita con todos sus compañeros, Clarita abrazando a sus papás, Clarita entre sus hermanos.

Una noche vinieron a avisar: "Maestro Méndez, ahí está Clarita en el camellón. Tuvo un accidente".
-¡Ay, Dios Santo! ¿Qué le pasaría a tu hermana? Que no sea grave.
Con esa esperanza llegaron al lugar del accidente. Ya había mucha gente alrededor de Clarita, tendida al pie de un árbol. Una camioneta venía muy rápido, le pegó y se fugó. Se veían en el pavimento las marcas del  frenazo. Llegó la ambulancia y no quiso levantarla porque ya estaba muerta. En medio de la desgracia, don Ángel memorizó cuál árbol era.
Hizo la cruz de caoba y a los nueve días del accidente fue con su familia y los vecinos a colocarla en el árbol. Ahí, delante de todos, don Ángel prometió que siempre estaría pendiente de la cruz. Desde entonces venía cada semana con alguno de los muchachos a dejar las flores de Clarita. Recogía las marchitas y dejaba uno o dos ramos nuevos atados con listones de seda para que no se los llevara el viento.
Los empleados del ayuntamiento que hacen la limpieza de los camellones no quitaban las flores. Son de la cruz y de la difunta, dicen.
Así pasaron tres años hasta que doña Clara dijo que ya no debían gastar tanto en flores, que había muchos pendientes, que Clarita, desde donde estuviera, sabría perdonar si ya no le llevaban, más ahora que Angelito estaba haciendo su cuarto para traerse a la muchacha. Don Ángel dijo que él había hecho el juramento de ponerle siempre sus flores; que no le importaba lo que costaran, que para qué quería el dinero. Angelito y Chucho estuvieron de acuerdo con su mamá: querían mucho a Clarita pero deveras ya no alcanzaba el dinero.
Don Ángel siguió llevando las flores él solo.  Lloraba frente al árbol porque no quería traicionar a su hija ni dejarla morir otra vez. Sentía que todo el esfuerzo se iba a desperdiciar. Había muchas necesidades en la casa, sí, pero lo primero era su juramento. Hasta que Angelito se puso bravo y exigió más dinero por estar al frente de la carpintería. Así que ya no alcanzó para tanta flor.
Ahora, arrodillados,  rezan  y le explican a Clarita por qué ya no le traerán flores cada semana. Sólo en sus aniversarios: de nacimiento, del accidente y de la graduación.
-…y el día de Santa Clara, y el día de muertos.- Don Ángel quiere seguir hablando, pero las palabras se le atoran.

Hoy dejarán cuatro ramos. Dentro de algunos días, los empleados del ayuntamiento se llevarán las flores. -Ya están bien secas -dirán- Ya podemos recogerlas sin que la difunta se vaya a molestar.

Mayo, 2014.

jueves, 24 de julio de 2014

EL ENFERMO Cuento

Rafa
Aunque yo no quería hacer fiesta, Susana invitó a los amigos a celebrar mi cumpleaños. No tengo nada que platicarles ni ellos saben de qué hablar conmigo porque no hay mucho que decirle a quien ya tiene tarjeta roja. De todos modos, es mejor que me vean en la casa y no el hospital, donde estaría si me hubieran operado. Habría sido un gasto grande y desesperado porque no teníamos ninguna seguridad de que sirviera.
Yo creo que también Susana prefiere que me haya quedado en paz en la casa. Se siente culpable pero en el fondo debe saber que esto es lo mejor para su futuro. Me imagino que dentro de cinco años ya no se acordará de esta enfermedad mía y será una abuela que difrute a sus nietas adolescentes cuando vengan a visitarla.
Pobre Susana, ahora trata de poner buena cara con las visitas pero ha tenido los ojos llorosos desde que me dieron el diagnóstico. Al principio trataba de convencerme de la operación y de hacer la lucha, pero ya no dice nada. Imaginarme su futuro de viuda pobre es lo que me acabo de decidir a no operarme porque quizás ella tendría que vender la casa. Si se fuera a vivir con Susy y el yerno y las nietas, iban a acabar todos enojados y queriendo mandarla a un asilo. Ella está fuerte y podrá vivir diez o quince años más. Tendrá su pensión de viuda y mejor que tenga también un colchoncito para emergencias para que no esté tronándose los dedos cada fin de mes. Ella fue la que hace años propuso que si alguno de los dos enfermara, no gastáramos todos los ahorros tratando de salvarlo. No se le cumplió lo que decía en esos días, que se quería morir primero que yo.
Cáncer en el estómago. Suena horrible cuando te lo dicen, pero son las palabras las que te asustan. No podía creerlo, como si fuera yo inmune. Primero fue el susto y después el enojo con el doctor porque me pareció que pensaba más en su negocio que en los enfermos. Luego entendí que el cáncer es una de las muchas caras de la muerte inevitable. Yo esperaba vivir diez años más y aun si llegara a los ochenta querría tener un poco más: un día, una hora. La muerte siempre nos sorprende por más que sepamos que ya está aquí.
De plano le pregunté al doctor cuánto tiempo me daba. Se hizo el remolón pero al final dijo que cuando mucho un año después de la operación. Menos, si no lo hacía. Después de dudarlo y discutirlo en familia, me quedé con la pura quimioterapia. Mentira que la han mejorado mucho y ahora es muy tolerable. ¿Qué vida es ésa, intoxicado ?
Me hubiera gustado que Susana y yo nos divirtiéramos más y que saliéramos a pasear; que nos riéramos como cuando éramos novios. Salíamos poco porque era difícil ponernos de acuerdo y con los años se va uno acostumbrando al otro como si fuera parte de la casa. Ahora con mi enfermedad, menos ocasión tenemos de pasar un buen rato.
Sólo me alegro con mis nietas, que son pura diversión, lo mejor de la vida. Les hago las mismas bromas que le hacía a Susy cuando era chica. Me hacen reír con sus ocurrencias. El otro día me dijeron que soy muy chistoso. Prefiero que así me recuerden y no en una triste cama de hospital. Ya se dan cuenta de que algo anda mal conmigo porque casi no me levanto y estoy flaco como esqueleto. Espero que les vaya bien.
Me alegro de que esta fiesta termine temprano porque ya me cansé. Ya empiezan a irse mis amigos. Me dan largos abrazos aunque no me puedo parar. En la puerta, hablan con Susana que sonríe y les agradece con la cabeza. No oigo lo que le dicen pero sé que le están dando el pésame.


Susana
Yo no tengo nada que celebrar. Sólo porque el doctor dijo que hay que darle calidad de vida a 'don Rafa' me animé a hacer su fiesta de cumpleaños. Lo odio cuando se pone con la actitud heróica de dejarse morir con el pretexto de guardar el dinero para mi viudez. Hizo lo que le dio la gana y no escuchó cuando le dije que se operara, que no me importaba el dinero. Hay miles de viudas que ven cómo le hacen y salen adelante, aunque sea vendiendo chácharas.
El doctor dijo que cuando menos tendría un año extra pero podrían ser tres o cuatro. Me parece que se acobardó. Prefiere morirse para no ser un enfermo eterno que gasta todo el dinero en medicinas y dependa de mis cuidados, como si eso fuera deshonroso. No le importa que yo me vaya a quedar sola, ni que pareciera que lo dejé morir sólo para no gastar. Ahora ya se pasó el tiempo de la operación y no hay nada más que hacer.
Susy dice que venda la casa y me vaya a vivir con ellos. Me da la impresión de que lo dice de dientes para afuera, porque casi desde el principio me llevó la contra y apoyó a Rafa para que no se operara. No quiero pensar mal, pero se me hace que también tenía un ojo puesto en el dinero y en que debería mantenerme tarde o temprano. No me iré con ellos. Me quedaré en esta casa con mis macetas, mi costurero y mi cocina. Me sacarán con los pies por delante. No quiero depender de Susy y de su marido.
Cáncer en el estómago. Con razón llevaba más de un año quejándose de la barriga y de que todo le caía mal. No era cosa de la edad como él decía para no ir al doctor. Desde que supimos el diagnóstico, se vino para abajo. Dijo que los doctores eran unos chupasangre y que no quería dejarme en la miseria sólo para vivir un poco más. Luego empezó a poner en orden los papeles de los bancos, dizque para que el día de su entierro no anduviera yo como ratón, revolviendo papeles, ni tuviera que pedir prestado para su caja. Me da coraje porque nunca le vi ganas de luchar. Que no salga ahora con que se sacrificó por mí. Se lo he dicho muchas veces: no me importa el dinero. Lo que yo quisiera es alargar su vida y que la disfrute.
Me salió con Séneca y los estoicos. Eso de la muerte razonable está bien cuando nadie te quiere. Pero él tiene familia y muchos amigos que están aquí con la cara larga. ¿No se dan cuenta los filósofos de que quienes sufren son los vivos y no el que ya se murió? No se me quita la idea de que está siendo egoísta al dejarse morir. Piensa en el ahorro pero no en mi soledad ni en sus nietas que van a enfrentar su muerte y lo van a extrañar por mucho tiempo. ¿Quién les contará chistes y les enseñará trucos de magia?
Ya le encargó a Susy y a su marido que me cuiden. Se imagina que voy a estar en mi mecedora esperando que vengan a visitarme. Es verdad que en los últimos años casi no salíamos porque se volvió muy tacaño desde que se jubiló. Pero no me voy a quedar encerrada como monja ni necesito que Susy esté pendiente de mí. Tengo mis amigas.

Es su fiesta y ya está con cara de desamparado. ¡Pobre! Esa ropa que se puso le quedó grande porque se ha encogido como camarón. Sus piernas y brazos parecen huesitos de pollo y el cinturón casi le da dos vueltas. Todos los amigos que vinieron me dicen que cuente con ellos. A ver si luego no tengo que andar pidiéndoles prestado.

jueves, 1 de mayo de 2014

Nota disonante sobre los Doce cuentos peregrinos de García Márquez

El anuncio de la muerte de Gabriel García Márquez me sorprendió leyendo sus Doce Cuentos Peregrinos. Me había propuesto leerlos, junto con sus memorias Vivir para contarla, en un intento de aprender sus técnicas narrativas; quiero descubrir la carpintería de GGM para aplicarla a mi propio trabajo de narrador aficionado.
Confirmo mi juicio: me gusta mucho más GGM como narrador y cronista, que como novelista y cuentista. Los Doce Cuentos Peregrinos son, casi todos, decepcionantes como cuentos aunque estupendos como narraciones. Las excepciones son:
- Buen viaje, señor presidente que inicia el libro y es extraordinario en su trama, en su composición y en su técnica narrativa. Contiene un verdadero hallazgo de GGM que no se encuentra en los otros cuentos: en ciertos pasajes, uno de los personajes, Lázara, parece interactuar con el narrador. Lo contradice o complementa lo que acaba de decir. Un estupendo recurso para los aprendices de escritor.
- "Sólo vine a hablar por teléfono" es el otro cuento digno de leerse. La trama es realista. El personaje sortea sus desgracias y sobrevive al episodio central, que es su internamiento accidental en un hospital psiquiátrico.

Tres de los cuentos son pérdida de tiempo para el lector. Sólo se sostienen por la maestría narrativa de GGM, lo que hay que aprenderle.
-La tramontana. Uno tiene la impresión de que el reportero GGM quiere describirnos la tramontana catalana y el cuentista GGM se apodera del tema. El resultado es un mal cuento y un reportaje incompleto.
-La luz es como el agua. Imposible entender lo que quiso contar GGM en esta historia. Las fantasías desbordadas de las selvas sudamericanas son increíbles en un piso madrileño.
-El avión de la bella durmiente. Una historia en la que no pasa nada. Ni siquiera encontramos buenas descripciones de las ciudades europeas incluidas en casi todos los otros cuentos del libro.

Podría salvarse El rastro de tu sangre en la nieve por la descripción del viaje de Madrid a París y la mofa poco disimulada del carácter francés. Pero para que la historia sea creíble se requiere que el personaje sea mucho más tonto de lo que es. Tampoco es creíble que alguien se muera en un hospital como consecuencia de un pincharse un dedo con la espina de una flor.  En esta historia, GGM muestra su gran habilidad para manejar y jugar con el tiempo de los acontecimientos. Puede ir hacia el pasado y hacía el futuro en un cambio de párrafo. Otro tema de estudio para el aprendiz.

El resto de los cuentos tienen valor como ejemplos de buena técnica narrativa. No como historias que nos revelen algo acerca de la naturaleza humana.



miércoles, 30 de abril de 2014

¿Qué sucede con las donaciones a Avaaz?

 Me llegó este correo que quiero compartir.
                                  
Querida comunidad de Avaaz,

Estoy constantemente agradecido por el nivel de confianza que los donantes de Avaaz depositan en nuestro trabajo cada mes y quería asegurarme de que supieran qué sucede después de tomar la importante decisión de mantener la esperanza y contribuir.

Por ejemplo, miren esto:

                                   Malvinas

¡Vamos a preservar un bosque! Entre más de 90.000 personas recaudamos lo suficiente para donar un millón de dolares a organizaciones de conservación ambiental como Rainforest Trust para comprar dos lotes de tierra en Borneo que permitirán conectar este refugio natural y así asegurar que los orangutanes sigan vivos en nuestro planeta.

Me encanta este trabajo :)

Estas niñas son un segundo ejemplo maravilloso:

    Syria

Yamama y su prima Hayat son refugiadas sirias y están yendo a la escuela en parte gracias al desafío de un millón de dólares que nuestra comunidad le lanzó a países donantes para salvar a una generación perdida de niños sin acceso a la educación en Siria. Nos acabamos de enterar de que los países asumieron el reto, prometiendo más de 100 millones de dólares. El enviado especial de la ONU para la Educación, Gordon Brown, ha dicho que nuestro esfuerzo fue "magnífico" e "importante para lograr que los gobiernos contribuyeran".

Y la tercera historia es la de Gaby:

Syria

Gaby Lasky es una abogada israelí que está trabajando con los líderes del movimiento no violento palestino y con un equipo incansable en la defensa de cientos de activistas pacíficos que se enfrentan a cargos falsos. ¡Nuestra comunidad consiguió reunir $225.000 dólares para apoyar sus esfuerzos!

Hay muchas más historias que contar, pero el principal destino de las donaciones de nuestra comunidad ha sido la lucha contra el cambio climático...

Climate

Aquí tenemos al comisionado filipino para el cambio climático ante la ONU, Yeb Sano, entregando una gigantesca petición encabezada por Avaaz a los negociadores mundiales del clima.Nuestra campaña para combatir el cambio climático, apoyada por decenas de miles de donantes mensuales, tiene a un equipo que trabaja noche y día para obligar a nuestros gobiernos a que reaccionen ante esta crisis. Haz clic aquí para leer un detallado informe sobre el diverso trabajo que hace nuestro equipo contra el cambio climático.

Pero no es solo el dinero que logramos donar como comunidad, sino CÓMO lo recaudamos lo que nos distingue como una fuerza de cambio en el mundo. Aquí encontrarás tres cosas que nos hacen especiales:

  • Nuestra comunidad manda. No aceptamos (¡nunca!) dinero de gobiernos, empresas, fundaciones o grandes donantes, haciendo de nuestra comunidad nuestro único jefe. La mayoría de las organizaciones sin ánimo de lucro están financiadas por gente muy rica, cuyas preferencias determinan enormemente el trabajo que hacen.
  • Somos súper rápidos. A las grandes fundaciones y donantes les puede llevar meses o años recaudar dinero, incluso para problemas urgentes -- ¡sin embargo nosotros podemos recaudar más de un millón de dólares en pocas horas!    
  • Estamos en lo político. Puesto que nuestras donaciones no son deducibles de impuestos, no tenemos restricciones gubernamentales a la hora de señalar a los políticos; y la política es el campo donde se ganan y se pierden muchas batallas para defender nuestro planeta.
En parte por nuestro modelo único y récord de impacto, el número de miembros de Avaaz que eligen donar se ha disparado, ¡ya casi llega al millón!  

                                  donors

La mayoría del dinero recaudado va a las campañas de Avaaz, pero también donamos una buena parte. Hasta la fecha, hemos donado más de ocho millones de dólares a causas humanitarias u organizaciones afines que están haciendo un gran trabajo con pocas posibilidades de financiación por parte de corporaciones y fundaciones. Se trata de organizaciones como “The Equality Effect”, para quienes nuestra comunidad recaudó 300.000 dólares el año pasado. “Estamos enormemente agradecidos con los miembros de Avaaz por apoyarnos para garantizar que las leyes de Kenia y Malawi protejan a estas niñas que están expuestas a la violencia más aterradora del mundo”, dijo la directora de esta organización.

           grants

Algunos critican el activismo por inútil o por ser un mero efecto placebo, y a veces están en lo cierto. Sin embargo, Avaaz ha recibido premios por su efectividad y nosotros sabemos que un gran componente de por qué somos una fuerza única de cambio en el mundo está en que nuestra voz tiene la fuerza de millones -- y además contamos con recursos 100% ciudadanos para respaldar nuestras campañas. Y esto apenas está comenzando :)

Con enorme gratitud y respeto por todo lo que cada uno está contribuyendo,

Ricken y todo el equipo

PD. Todos nuestros movimientos financieros se revisan anualmente, y cada año se nos declara en perfecto estado. Puedes ver las actas de auditoría y más información financiera aquí
                  
           
           

lunes, 21 de abril de 2014

Médico y Marino

En el puerto de Manzanillo, Colima, ya no deben quedar muchas personas que recuerden al doctor Jorge Alatriste. Sin embargo, en otros tiempos, tenía fama de médico milagroso. Curaba desde picaduras de alacrán hasta deseos suicidas. Su consultorio estuvo primero en la calle de Nicolás Bravo y luego en la calle México. Allá iban a buscarlo cuando había casos difíciles: hombres furiosos, mujeres desesperadas o niños asustados. Él podía apaciguarlos.
Llegó a Manzanillo en 1948 como encargado del servicio de sanidad naval de la Armada. Era un médico recién graduado y tenía el grado de teniente de corbeta.  Hay una vieja fotografía que él tomó del puesto de salud a su cargo. Todo lo que había era una enfermería con dos vitrinas y una cama.
En ese tiempo, Manzanillo era poco más que dos calles encañonadas entre los cerros, con la laguna de Cuyutlán en un extremo y el mar en el otro. Las casas eran casi todas de madera, de dos pisos, con su balcón para tomar el fresco. Casi en la playa, estaba la plaza  principal con palmeras, puestos de palapa y una escuela primaria. Algunos comercios de chinos vendían los abarrotes indispensables para la vida diaria.  En el mercado se podía comprar pescado en abundancia y un poco de carne. Las verduras eran escasas y marchitas porque las traía el camión desde Ciudad Guzmán. Para comprar cualquier otra cosa, tela, ropa, zapatos, había que ir a Colima.
El doctor Alatriste era entonces un joven de cuerpo atlético. Usaba un bigote negro y tupido, recortado al estilo de los años cuarenta.  Las fotografías de esa época nos muestran a un hombre sonriente y fortachón, que practica posiciones de yogui en las playas de La Audiencia, de Yates o de las Hadas.
Se propuso vivir para siempre cerca del mar. Perdió algunas promociones en la Armada por no querer salir de Manzanillo. Solo muchos años después, jubilado, viudo y con diabetes, se resignó a vivir lejos del mar.
Su esposa Carmelita, en cambio, no perdía la esperanza de regresar a la Ciudad de México y volver a ejercer su profesión de bióloga. El calor del puerto la agobió toda su vida y no le gustaba nadar en el mar.
Se entiende que el doctor no quisiera salir de Manzanillo. A él sí le gustaba nadar. Con sus aletas, se alejaba de la playa hasta que los turistas lo perdían de vista y se alarmaban. Cuando regresaba, bromeaba con quienes le reprochaban haber ido tan lejos.
Los domingos, salía con sus amigos  a bucear en las bahías de Manzanillo y de Santiago. Se iban temprano en una lancha hasta la roca del Elefante o más allá. Cuando tenía oportunidad, navegaba en los barcos de guerra: el Querétaro y el Potosí. En uno de esos viajes, visitó la isla Socorro. Ahí buceó y perdió el miedo a los tiburones
Dadas las limitaciones de la enfermería, la Armada rentaba un quirófano del hospital de la Secretaría de Salubridad cuando tenía que hacer cirugía. Operaba a las seis de la mañana porque luego ya no se podía con el calor. Después, le tocó coordinar el primer Hospital de Marina en el puerto; estaba en un ala rentada al Hospital de la Secretaría de Salubridad. Ahora hay un gran hospital de la Armada en Las Brisas. En ese hospital murió Carmelita en 1994.
Cuando llegaron a Manzanillo, recién casados, les asignaron una casa en la zona naval. Ahí vivieron hasta que el gran ciclón de 1959 la destruyó totalmente. Sólo quedó el baño de mampostería en el que se refugiaron con su hija Patricia. Ese 27 de Octubre, murieron más de mil personas. Los siguientes días, el doctor tuvo que ir a atender a los damnificados. Patricia recuerda que se iba en helicóptero temprano y regresaba hasta casi la noche. No olvidaba llevar su cámara. Las fotografías que tomó desde el aire, muestran la magnitud del desastre.
La cámara del doctor Alatriste registró la historia del puerto de Manzanillo. Su crecimiento desde ser un lugar agreste y remoto hasta ser un puerto de altura y centro de atracción turística. Captó los terremotos, los huracanes, los incendios, los barcos hundidos, los desfiles, los bailes en el club de leones y las reinas de belleza que ya nadie reconoce. Todo está en miles de fotografías que tomó.
En 1962 fue designado como médico a bordo en un viaje de prácticas que visitaría varios puertos de centroamérica. Le encargaron seleccionar a los oficiales que irían en el viaje. "¿A usted le gusta beber?"  preguntaba a los candidatos. A quienes le respondían que no, los descartaba. "Quiero que sepan tomar -explicaba- porque en las recepciones nos ofrecerán mucho alcohol y ni modo que los mexicanos se emborrachen; deben aguantar el paso de los marinos  centroamericanos."
Durante el viaje, uno de los guardiamarinas  enfermó de apendicitis aguda y había que operarlo. Pero el barco no tenía quirófano ni equipo adecuado. El doctor estaba dispuesto a operar con lo que hubiera disponible, pero no faltaba mucho para llegar a Panamá y decidieron esperar. Cuando llegaron, obtuvieron permiso para que él hiciera la cirugía en el hospital naval norteamericano de la zona. Siempre habló con admiración del equipo del hospital y del médico norteamericano que lo ayudó en la operación.
Filmó una película de ocho milímetros que lo mostraba fumando su pipa en la cubierta del barco cuando partió rumbo a  centroamérica. La película mostraba también, con poca prudencia,  a una muchacha panameña a la que le gustaron los modos del médico mexicano. Quién sabe si cuando seleccionó a la tripulación, había alguna pregunta referente a las muchachas que los marineros dejan en los puertos.
Muchos años después, cuando el doctor se quedó solo y andaba desamparado como náufrago, habló de volver a navegar; y quizá ¿por qué no? visitar Panamá que es tan bonita.
El lenguaje de los marineros le ayudaba a pensar en tierra. Ante situaciones inciertas, navegaba al pairo -ir despacio y con precaución- o capeaba el temporal. Si algo se perdía sin remedio, se había ido por ojo. Los autobuses y los coches tenían babor y estribor. Cuando iba a manejar en viajes largos,  se ponía su uniforme caqui de faena y acomodaba con precisión todas las maletas y bolsas porque en los submarinos hay que aprovechar muy bien el  espacio. Al llegar, anotaba la singladura en la bitácora que traía siempre en la guantera del coche.
El lenguaje de las emociones humanas le servía para describir el mar que era lábil y podía enfurecerse,  seducir, traicionar o amar a los marineros.
Hablaba con mucho afecto del Almirante Carrera quien fue su comandante de zona muchos años. Carrerita -así le decía- consideraba que las esposas de los oficiales navales también estaban bajo sus órdenes y las organizaba para que prepararan las cenas de navidad y las celebraciones de los marinos.
Con menos estima recordaba al almirante Lang que quería trasladarlo a otra zona naval en el sureste. El doctor tuvo que echar mano de todos los recursos legales a su alcance para quedarse en Manzanillo.
Se jubiló de la Armada con el grado de Almirante. Ya libre de obligaciones, él y Carmelita vivían en  Morelia durante los meses más calurosos. Pero regresaban a Manzanillo a pasar el Invierno. Cuando enviudó, se mudó definitivamente a Morelia donde murió en 1998. Volvió a navegar en un buque de guerra con todos los honores correspondientes a su rango. Desde la cubierta del buque, Patricia arrojó sus cenizas a la bahía de Manzanillo.

Puebla, Pue. Marzo, 2014.

jueves, 6 de marzo de 2014

Notas morelianas, 5: Tecnología y artesanía

Conservo en algún cajón, un 'teclado para pies' que construí para los niños y adultos con parálisis cerebral. Es una de las varias 'cajitas michoacanas' que hice. Les decíamos así porque para fabricarlos, usaba yo las cajitas de madera que le venden a los turistas en los mercados de artesanía de Michoacán. Les añadía botones, algunos componentes electrónicos  y un cable para conectarlos con la computadora.

En 1989, la película 'My left foot' mostraba cómo un paralítico podía comunicarse señalando las letras de un tablero con el pie. Antes, en 1979, se había publicado un libro sobre Gaby Brimmer cuya inteligencia estaba atrapada en un cuerpo inmovil. Ella también se comunicaba señalando letras con el pie. Pensé que una computadora sería muy útil para quienes no pueden moverse.

En Morelia contacté a los miembros de la Asociación pro Personas con Parálisis Cerebral, APAC, para convencerlos de la posibilidad de usar la computadora en vez de los tableros de letras. Habían intentado usarlas pero los niños rompían los teclados con sus movimientos bruscos. Empecé a trabajar en el consultorio con algunos clientes paralíticos. Construí las cajitas michoacanas y elaboré programas educativos y para comunicación. Bastaba tener control voluntario sobre un movimiento, por  limitado que fuera, para usar la computadora.

Desarrollé un programa para hablar con ayuda de la computadora. Los mensajes estaban pregrabados y se debía escoger cuál decir. Para seleccionar el mensaje, se usaba la cajita michoacana que se podía operar con el pie o con la cabeza. Me hacía un poco de gracia oír mi propia voz expresando los deseos de otra persona.

Años después, los programas educativos me sirvieron para crear un laboratorio de educación especial en la Universidad de Tlaxcala. Mis nietos alcanzaron a utilizarlos en una vieja laptop que todavía los corre.

Con la intención de atraer posibles clientes, escribí un artículo para el periódico sobre esa tecnología. El resultado accidental fue que me convertí en colaborador semanal de la página editorial de La Voz de Michoacán.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Notas morelianas, 4: paradoja del desempleo

Fuimos a Morelia confiando en que mi currículo académico me abriría las puertas de un buen empleo. Si eso fallaba, mi experiencia como psicólogo infantil me serviría para aclientelar un consultorio. Aunque trabajé en la docencia universitaria,  sólo fue por horas frente al pizarrón según la demanda de cada semestre. También tuve un consultorio de problemas infantiles que se llenaba en tiempo de exámenes y se vaciaba durante las vacaciones escolares.

Sin embargo, desde el punto de vista de desarrollo personal y profesional, mis años en Morelia fueron los mejores. Los logros de los que estoy más orgulloso son de esa época que va de 1988 a 1999.  La falta de empleo fijo, el tiempo libre abundante y las necesidades educativas de los niños del consultorio, me provocaron una explosión de creatividad. Bien decían los médicos medievales que el estomago vacío favorece el pensamiento y la imaginación porque los vapores que ascienden del estomago lleno adormecen al cerebro.

Al principio, estaba yo ansioso por demostrarle a los funcionarios de la Universidad Nicolaíta mi utilidad a pesar de no ser nativo michoacano. Tomé de un libro un grupo de cuestionarios de autoaplicación para orientación vocacional y los puse en una computadora del Centro de Orientación Vocacional. La idea era que cada quien descubriera su áreas de interés y posibles profesiones.

Quienes iban al Centro en busca de orientación, se sentaban frente a la pantalla a responder los cuestionarios. Luego, de acuerdo con las respuestas, el sistema les hacía sugerencias. Un muchacho que pasó por la experiencia,  terminó emocionado y me llenó de elogios y agradecimientos. Había encontrado su vocación después de un par de horas respondiendo las preguntas.

La parte más tediosa de la orientación vocacional es calificar y contabilizar las respuestas a las pruebas psicológicas. Algunas tienen más de seiscientas preguntas. Luego se transforman los resultados según las normas estadísticas, se elabora una gráfica y se interpretan los resultados. Hice programas para aplicar y calificar en computadora las pruebas más usadas. Lo único que no hacían los programas era dar los consejos. Le dejé ese trabajo a los orientadores.

Mi currículo académico no me abrió puertas pero me facilitó combinar dos habilidades separadas: mis conocimientos de programación  y mi experiencia como educador de niños sordos y paralíticos. Los resultados fueron espléndidos.

lunes, 3 de marzo de 2014

Notas Morelianas, 3: La casa y el doctor Alatriste

Nuestra casa de Morelia estaba en la calle de Aristeo Mercado. La compraron mis suegros con la intención de salirse de Manzanillo, Colima, en los meses mas calurosos. Tenía "muchos cuartos y cuartitos" según dijo un amigo. Las tres generaciones familiares cabíamos y sobraban cuartos. Pero una cosa es caber bien y otra es convivir en paz. Podíamos sentarnos cómodamente a ver la televisión, pero ¿quién tiene el control remoto y decide qué ver?

La casa tenía un anexo independiente con su baño. Me gustó usarlo como estudio y lugar de trabajo con los niños a quienes atendía. Al doctor Alatriste, mi suegro, también le gustó para poner su consultorio médico. Creo que ese cuarto fue la principal razón para comprar esa casa. Yo podía usarlo en Invierno, cuando  mis suegros se iban a Manzanillo. Pero en tiempo de calor, ellos venían al clima más templado de Morelia y la convivencia nos resultaba difícil.

Conocí al doctor Alatriste pocos meses después de que Patricia y yo nos hiciéramos novios en la universidad. Patricia fue su única hija. Lo primero que llamaba la atención de él era su risa fácil que a veces sonaba como si estuviera jalando aire para no asfixiarse. Tenía un bigote negro y tupido que recordaba la moda de los años 40. Había estudiado budismo y doctrinas esotéricas; le gustaba citar a los autores hinduístas y orientales. Le atraían las ciencias ocultas y algún tiempo estuvo interesado en el espiritismo. En sus últimos años, ya viudo y muy deteriorado por la diabetes, se integró a un grupo de budismo tibetano. Le entusiasmaba tanto que volvió a hacer la lucha para que Patricia y yo nos interesáramos en el tema.

Era más psicoterapeuta que médico. La sala de espera de su consultorio de Manzanillo estaba generalmente llena. Podía tardarse una hora o más con cada paciente y no era raro que salieran con lágrimas en los ojos. Siempre estaba dispuesto a dar consejos sensatos y explicaciones sobre el funcionamiento de la mente y de las emociones. Tenía fama de milagroso porque apaciguaba a los pacientes más difíciles: hombres furiosos, mujeres desesperadas y niños asustados. Venían a buscarlo cuando alguien amenazaba suicidarse.

Antes de que hubiera televisión en Manzanillo, al terminar la consulta se reunía con un grupo de seguidores a quienes apodábamos ´los brujos'. Estudiaban temas esotéricos que él explicaba. Cuando no había brujos, cogía su guitarra y divertía a la bisabuela Concha cantando tangos o boleros que terminaban en carcajadas. Después, la televisión lo absorbió. Por las mañanas dividía su tiempo entre la armada naval y el seguro social

Murió en 1998, en Morelia. Lo despidieron sus amigos con rituales tibetanos. Meses después, tiramos sus cenizas a la bahía de Manzanillo desde un barco de guerra en el que le rindieron honores de contraalmirante.

Siempre fue generoso. En los años más difíciles de nuestra vida en Morelia, cuando las hijas se habían ido a estudiar fuera y seguíamos sin ingresos suficientes,  él ayudó y se hizo cargo de los gastos que nos abrumaban. En esos días el país estaba en quiebra por "el error de Diciembre" de 1994.