lunes, 27 de enero de 2014

Vida en Puebla (6/12): Maestro itinerante

No deja de ser paradójico que me fuí  por falta de universidades, y regresé 35 años después con la esperanza de trabajar en alguna. En 1964 la única universidad que había  era la autónoma. Papá la consideraba un nido de comunistas y no quería que sus hijos se infectaran. Nos mandó a México, pero no a ese otro nido que era la UNAM.
Casi todos los compañeros de mi generación de preparatoria se fueron a estudiar a México o a Monterrey. Con los hombres no había tanto problema en que se fueran de estudiantes lejos de la casa. Las mujeres tenían muy pocas oportunidades de hacer estudios profesionales; si no se iban con los comunistas a la autónoma,  les quedaba ir con las monjas a estudiar habilidades hogareñas.
Ahora hay alrededor de doscientas universidades. Eso ayudó a que nos decidiéramos por Puebla cuando salimos de Morelia.
En algún momento trabajé en tres universidades simultáneamente. Empezaba a las siete de la mañana en la Universidad de las Américas. Luego, a las nueve, llegaba a la Universidad Iberoamericana y a la una tomaba camino para la Autónoma de Tlaxcala. Comer en el coche me produjo varios años de gastritis.
El trabajo que más me gustaba era el de Tlaxcala. Ahí monté un laboratorio de educación especial, utilizando los mismos programas que tan buen resultado me habían dado en Morelia. Tuve que abandonarlo después de un año de trabajo. Esa fue la instrucción que me dieron sin explicaciones.
El camino a Tlaxcala tiene 30 kilómetros y más de treinta topes que son innecesarios porque el volumen de tráfico impide ir rápido. Nunca se tarda uno menos de una hora en el recorrido. Regresaba yo a Puebla a las seis o siete de la tarde.

Poco a poco me fui involucrando más con la Universidad Iberoamericana. Cuando me ofrecieron un puesto de tiempo completo, renuncié a los otros trabajos. Ahora veo que fue una buena época. En las tres universidades tuve el mejor estímulo vital para los profesores: buenos estudiantes y buenos colegas de trabajo. Me quedé en la Ibero por 10 años, hasta que solicité mi jubilación.

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