miércoles, 22 de enero de 2014

Vida en Puebla 1/12: La Calzada de los Fuertes

Cambiar de ciudad es volver a empezar. De nada sirve la buena o mala fama que uno crea tener. Todo empieza desde cero: los amigos y los enemigos, los méritos y las vergüenzas. En 1999 vendimos todo lo que teníamos en Morelia y llegamos a Puebla. Después de un periodo de bonanza allá, vimos que la cosa iba a empeorar y más nos valía buscar la vida en otro lado. Nuestras hijas ya no vivían ahí. Mis suegros habían muerto y nos quedaban muy pocos amigos en Morelia.
Los rumores de despidos masivos se pusieron fuertes en el gobierno de Michoacán, donde tuve un buen puesto los últimos años, y se afilaba ya la guillotina. Mi jefa me dijo: lo bueno es que tú y yo somos maestros y siempre habrá trabajo para maestros, aunque sea mal pagado. Con esa confianza, renuncié al trabajo y volví a Puebla a la edad de cincuenta y dos años, después de treinta y cinco de haber salido, adolescente, a estudiar a la ciudad de México.
Regresé a vivir a la casa familiar de la Calzada de los Fuertes, en la que todavía vivía mi mamá y  una hermana con enfermeras y cocinera. Le decíamos 'la casa nueva' pero ya tenía casi cincuenta años de construida.
La Calzada de los Fuertes de mi infancia era un camino angosto, serpenteante, que subía al fuerte de Loreto y terminaba en el de Guadalupe. Más que calle, era nuestro patio, porque casi nadie circulaba por ahí. Sólo los clientes del Merendero y los escasos visitantes de los dos fuertes. Además, por las noches, algunas parejas de enamorados que buscaban lugares solitarios y obscuros.
Sólo cuando había beisbol se animaba la calzada, porque era el único camino para ir al estadio. Los aficionados tenían que subir caminando desde la lejana parada del camión. Para cortar camino, atravesaban por lo que nosotros llamábamos el Bosque, que era una  enorme extensión baldía sembrada de alcanfores. El Bosque estaba a espaldas de nuestra casa. Lo recorría un camino de tierra con un puente de piedra para cruzar el arroyo que había ahí. El puente ha de estar enterrado bajo las calles del fraccionamiento que hicieron en el Bosque.
A los poblanos les parecía que vivíamos lejísimos. Pero no era tanto. En nuestros vagabundeos infantiles, podíamos llegar caminando al zócalo en menos de media hora. De la calzada bajábamos hasta el paseo viejo. Ahí podíamos  cruzar el río San Francisco por el puente de la 18 Oriente o seguir por la orilla hasta la iglesia del Puente. Cruzar ahí o entrar por 'el estanque de los pescaditos', como se llamaba el callejón que nos llevaba casi hasta donde ahora está el Parián. Los puentes de piedra negra que cruzaban el rÍo también deben estar enterrados en espera de algún arqueólogo futuro.
Frente a nuestra casa, del otro lado de la calzada, estaba el Cerro.  Por ahí nos íbamos hasta el fuerte de Guadalupe y más allá. Varias veces caminamos por el despoblado hasta la casa de unos primos que vivían en la Colonia América.
El fuerte de Guadalupe estaba en ruinas y no nos despertaba ningún interés. Pero el de Loreto nos gustaba mucho. Había siempre algunos soldados vigilando. Por la parte interior de la muralla, el fuerte tenía unas letrinas del estilo de los baños romanos; según nosotros habían sido de los soldados de Zaragoza. A veces las usábamos. Tenía una reja siempre con candado por la que se entraba, según nosotros,  a un túnel que llegaba a la Catedral. Soñábamos con recorrer ese túnel. Parece que los túneles de la catedral son parte de las leyendas de algunas ciudades. En Morelia, sus habitantes juran que hay un túnel secreto que va de la catedral a alguna de las otras otras iglesias o conventos que hay ahí.
Los fuertes volvieron a cubrirse de gloria el día del centenario de la batalla del cinco de mayo, en 1962. La calzada se congestionó de coches y camiones con turistas y familias enteras que intentaban subir a conocerlos. Por esos días se inauguró la autopista México-Puebla y papá participó en una caravana para agradecerle al presidente López Mateos. Papá regresó maravillado de que se pudiera llegar a México en algo más de una hora. Antes, por la carretera vieja, era difícil hacer menos de dos horas.

Más allá de los Fuertes no había nada; ahí terminaba el camino.

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