sábado, 30 de agosto de 2014

EL CHIQUILÍN, Cuento en borrador


La nota sobre el asesinato del Chiquilín, cantante de boleros, llamó la atención del doctor Rodrigo mientras leía el periódico esa mañana de 1997. Se enteró de que vivía no muy lejos, en una calle por la que él había pasado varias veces. De haberlo sabido, la habría evitado
 
El doctor recordó esa tarde remota en Guadalajara cuando junto con sus amigos adolescentes fue a la carpa en la que se presentaba el compositor, que empezaba a ser famoso por su gran éxito del radio: Así me gusta. En la carpa todo parecía improvisado. El público se sentaba en bancas de madera sin respaldo. Encima de una tarima que lo elevaba un poco sobre el público, el Chiquilín sentado con su guitarra. Los postes que sostenían la carpa obstruían la vista.

Antes de cantar, el Chiquilín empezó a bromear con el público de las primeras filas entre las que estaba Rodrigo con sus amigos. "¿A qué vinieron? Esto no es para chamacos ¿A poco ustedes ya entienden del amor?" Entre canción y canción, el Chiquilín se ensañó con un hombre joven que estaba con su novia. "A ver tú, cuéntanos de tus decepciones amorosas". "Ahora sí ya nos vas a contar. Ándale, no le saques. Te presto el micrófono". El público reía a carcajadas. Feliz, el Chiquilín paseaba su mirada como buscando una nueva víctima. Rodrigo no quería mirarlo para que no le dijera algo. No sabía para dónde voltear. Se agachó como para amarrar sus zapatos. Hiciera lo que hiciera, si el Chiquilín se fijaba en él se daría cuenta de su miedo y sería el nuevo hazmerreir. Con la respiración agitada, se levantó para ir al baño y se tardó lo más que pudo. No regresó a su lugar. Se quedó lejos del cantante, ocultó trás un poste hasta que la función acabó.

En una burla final, el Chiquilín le pidió perdón al hombre joven "porque te agarré de puerquito. Para que veas que soy cuate, ve a que te devuelvan las entradas". Con eso provocó la última carcajada
 
Los éxitos del Chiquilín aumentaron. Los hoteles y cabaretes se lo disputaban. Salía en la televisión y se presentaba de manera regular en el café Copacabana que siempre estaba lleno. "Vamos a verlo" le dijo su esposa al doctor Rodrigo cuando estaban recién casados. Él dijo que odiaba los boleros, que el Chiquilín era un payaso, que ni cantaba bien, que no entendía por qué era tan famoso. Eso dijo, pero sabía muy bien por qué no quería ir a verlo. Desde entonces, en casa del doctor quedaron prohibidos los boleros, los cantantes románticos, y los tríos.

En los siguientes años, la fama del Chiquilín se fue opacando. A veces, el doctor Rodrigo veía que aparecía como "invitado especial" en algún programa de televisión, -y cambiaba de canal inmediatamente- o que lo anunciaban en algún teatro de variedades entre, malabaristas, cómicos y encueratrices.
Se olvidó del Chiquilín hasta la noticia del asesinato. A las once de la noche, dos hombres tocaron la puerta de su casa y cuando abrió le dieron cinco balazos. Nunca se aclaró el crimen. La policía especuló que se trataba de una venganza de narcotraficantes por deudas. También dijeron que se había metido con la esposa de un cacagrande. El doctor Rodrigo sospecha que lo mandó matar uno de sus puerquitos. Como si le hubieran quitado un peso de la espalda, se sintió aliviado al terminar de leer la noticia.

P.D. (13 Ene 2015) Reelaboré completamente este cuento. Aparecerá en este blog.

Parábola del humanista

Las gentes del pueblo, molestas con ese hombre que les incomodaba, le dijeron airadas:
-Tú no eres humanista como dices porque estás contra nuestra libertad de creencias y de culto. Sal de nuestro pueblo antes de que te lapidemos.
Respondió el humanista:
-Se equivocan. No estoy  contra la libertad de culto, estoy contra el culto. No estoy contra la libertad de creencias, estoy contra las creencias.

sábado, 16 de agosto de 2014

LAS FLORES DE CLARITA. Cuento.

La familia Méndez está hincada frente a un grueso eucalipto en la avenida Forjadores de Puebla. El maestro carpintero don Ángel, con su esposa Clara y sus dos hijos, Angelito y Chucho, están en un camellón en el que apenas caben los cuatro. Los autos y camiones les pasan por ambos lados. Durante casi cuatro años han venido a rezar,  traer flores y  sacudir la cruz que don Ángel hizo con todo amor y en la que escribió con letra muy cuidada: Aquí falleció la señorita Licenciada María Clara Méndez Muñoz. Nació 15 Marzo 1980. Descansó 21  Mayo 2009. Recuerdo de sus padres y hermanos. DEP.
Clarita fue la hija mayor.  Le gustaba la escuela y sacaba buenas calificaciones que enorgullecían a su padre. No como sus hermanos que eran muy flojos para el estudio. Cuando terminó la preparatoria, doña Clara quería que trabajara para ayudar con los gastos de la casa. Clarita dijo que quería ir a la universidad y ser abogada. ¿De dónde habría sacado esa idea? Nadie de su familia ni de los vecinos y amigos de la colonia Romero Vargas iban a la universidad. Don Ángel supo que no podría oponerse y que tendría que limitar sus gastos.
Cuando Clarita entró a la facultad, hicieron una fiesta. Hubo discursos, brindis y bromas. Le decían que se acordara de sus amigos de la colonia, que los sacara de la cárcel y los defendiera cuando los quisieran embargar. Ella prometió ser buena estudiante y  agradeció a sus papás y a sus hermanos el esfuerzo que harían.
Don Ángel despidió a sus ayudantes de la carpintería y metió a Angelito y a Chucho como aprendices.
-Tenemos que chambearle duro para sacar adelante a Clarita.
Gastaban en libros, en camiones, en comidas y en la ropa que necesitaba para las prácticas profesionales y para algunas fiestas de los estudiantes.
Clarita tomaba el camión a las seis de la mañana para ir a sus clases. Su mamá le preparaba café y le daba dinero para una torta. Después de la universidad, iba a los juzgados a hacer sus prácticas como litigante.  Regresaba por la noche a merendar el recalentado de la comida. Desde el tercer año, ya llevaba algunos asuntos y ganaba sus centavos. Quería comprarse un cochecito.
Ella cumplió su promesa. El día de su graduación, toda la familia fue a la ceremonia en la facultad. Se sentían raros: ellos con el traje que les apretaba y Doña Clara sin delantal para limpiarse las manos antes de saludar. Compraron las fotografías que ahora están en las paredes de la casa: Clarita recibiendo su diploma, Clarita con todos sus compañeros, Clarita abrazando a sus papás, Clarita entre sus hermanos.

Una noche vinieron a avisar: "Maestro Méndez, ahí está Clarita en el camellón. Tuvo un accidente".
-¡Ay, Dios Santo! ¿Qué le pasaría a tu hermana? Que no sea grave.
Con esa esperanza llegaron al lugar del accidente. Ya había mucha gente alrededor de Clarita, tendida al pie de un árbol. Una camioneta venía muy rápido, le pegó y se fugó. Se veían en el pavimento las marcas del  frenazo. Llegó la ambulancia y no quiso levantarla porque ya estaba muerta. En medio de la desgracia, don Ángel memorizó cuál árbol era.
Hizo la cruz de caoba y a los nueve días del accidente fue con su familia y los vecinos a colocarla en el árbol. Ahí, delante de todos, don Ángel prometió que siempre estaría pendiente de la cruz. Desde entonces venía cada semana con alguno de los muchachos a dejar las flores de Clarita. Recogía las marchitas y dejaba uno o dos ramos nuevos atados con listones de seda para que no se los llevara el viento.
Los empleados del ayuntamiento que hacen la limpieza de los camellones no quitaban las flores. Son de la cruz y de la difunta, dicen.
Así pasaron tres años hasta que doña Clara dijo que ya no debían gastar tanto en flores, que había muchos pendientes, que Clarita, desde donde estuviera, sabría perdonar si ya no le llevaban, más ahora que Angelito estaba haciendo su cuarto para traerse a la muchacha. Don Ángel dijo que él había hecho el juramento de ponerle siempre sus flores; que no le importaba lo que costaran, que para qué quería el dinero. Angelito y Chucho estuvieron de acuerdo con su mamá: querían mucho a Clarita pero deveras ya no alcanzaba el dinero.
Don Ángel siguió llevando las flores él solo.  Lloraba frente al árbol porque no quería traicionar a su hija ni dejarla morir otra vez. Sentía que todo el esfuerzo se iba a desperdiciar. Había muchas necesidades en la casa, sí, pero lo primero era su juramento. Hasta que Angelito se puso bravo y exigió más dinero por estar al frente de la carpintería. Así que ya no alcanzó para tanta flor.
Ahora, arrodillados,  rezan  y le explican a Clarita por qué ya no le traerán flores cada semana. Sólo en sus aniversarios: de nacimiento, del accidente y de la graduación.
-…y el día de Santa Clara, y el día de muertos.- Don Ángel quiere seguir hablando, pero las palabras se le atoran.

Hoy dejarán cuatro ramos. Dentro de algunos días, los empleados del ayuntamiento se llevarán las flores. -Ya están bien secas -dirán- Ya podemos recogerlas sin que la difunta se vaya a molestar.

Mayo, 2014.