lunes, 10 de febrero de 2014

La palabra diaria (3/3): Árbol

Quizá cuando descubramos vida en otros planetas, seamos incapaces de entenderla. Aquí en la tierra comprendemos muy mal la vida de seres, como los árboles, con los que estamos muy familiarizados. No se aplican a los árboles las categorías tradicionales de pensamiento con las que entendemos el mundo que nos rodea.

Hablamos de emisores o receptores, de acción o pasión, de conducta voluntaria o refleja, de razones o emociones Pero las cosas que hacen los árboles difícilmente entran en alguna de esas categorías que nos sirven para describir el comportamiento animal pero no tienen sentido con los árboles.

Y sin embargo los árboles, plantados e inmóviles, actúan; o quizá deberíamos decir participan en eventos. Para reproducirse, muchos árboles simplemente tiran las semillas o las sueltan para que las lleve el viento. Si sólo eso sucediera, podríamos estar tranquilos pensando que son pasivos y no hay porqué cambiar nuestras categorías de pensamiento. Pero hay árboles que arrojan sus semillas lejos de sí, con tanta fuerza que duele a quien golpean. Las semillas están en vainas que al secarse entran en tensión hasta que finalmente la vaina se abre bruscamente y avienta las semillas. ¿Es una acción o una pasión, un propósito o un reflejo? No cabe en ninguna de las dos clasificaciones.

Ahora se ha descubierto que los árboles mantienen ciertas formas de comunicación, o de transmisión de información, mediante el contacto de sus raíces. También, cuando los insectos o los humanos atacan a un árbol, este emite señales químicas que preparan a los vecinos para resistir la agresión. Los árboles se ayudan mutuamente y, en cierto modo, saben lo que pasa en su entorno.

Si esas cosas que suceden frente a nosotros nos resultan tan extrañas ¿entenderemos la formas de vida en otros lugares del universo?

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