miércoles, 26 de febrero de 2014

El Pollo Carlos

El Pollo Carlos tenía ese sobrenombre porque así le decían en el colegio a todos los Carlos. Pero entre quienes los conocimos sólo había un pollo y no era necesario especificar a cuál nos referíamos. Era famoso por dicharachero, revoltoso y problemático. Pero algún mérito tendría porque lo pusieron al mando del pequeño pelotón al que yo pertenecía;  tenía el encargo de darnos la instrucción militar para desfilar un Cinco de Mayo. Nos gustaba hacerlo repelar aun con riesgo de ganarnos un arresto. Sus regaños nos hacían reír cuando no nos veía.

"Son un hato de mulas estúpidas" nos gritó una tarde mientras pateaba el suelo con la cara enrojecida. Más nos reímos.

El Pollo era alto y esbelto. Tenía la piel morena y el cabello lacio y negro. Los ojos y los pies, grandes. Caminaba dando chanclazos y aventando los pies para afuera, más como pato que como pollo. Lo imitábamos cuando miraba para otro lado.

Contaba sus historias siempre con gracia y rematando con carcajadas. Parecía que nunca podríamos ser más listos que él porque en cuanto notaba que alguien quería superarlo, respondía con chascarrillos y con groserías. Andar con él era una fiesta continua aunque había el riesgo de terminar respado para que todos
los otros se rieran.

Dejé de verlo muchos años. Lo volví a encontrar en un refugio de los alcohólicos anónimos. Se había vuelto más reflexivo y su risa era una sombra de sus anteriores carcajadas. Había perdido algo de pelo, pero una lucecita se conservaba en su mirada.

Me apenó saber que sus años de adulto y de viejo los pasó visitando los cafés del centro de Puebla. Buscaba a sus antiguos compañeros, o a cualquiera que se dejara, para venderles un lápiz o para que lo invitaran algo que le sirviera de desayuno. Me dijeron que se casó cuatro veces y que ya murió. Me habría gustado encontrarlo en alguna de estas calles poblanas.

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