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viernes, 12 de septiembre de 2014

La cereza en el pastel de la vida

En la presentación del libro Contar la vida aproveche el micrófono para decir este alegato en favor de la educación para los adultos mayores:
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Este libro es un producto colateral, casi accidental, del taller de escritura autobiográfica en el que participamos ocho adultos mayores guiados por Álvaro Solís.

Ya habíamos gozado de nuestra creación, ya habíamos organizado las décadas de nuestras vidas para narrarlas, ya habíamos conocido nuestras biografías y apreciado nuestras posibilidades literarias cuando se mencionó que había un presupuesto que podría emplearse para editar un libro, éste que ahora presentamos.

El producto principal del taller no fue el libro sino el disfrute de la creación literaria de los participantes. Disfrutar la creación artística, aprender a contar sílabas, de Cuco Sánchez o de Miguel Hernández, recrear la vida de hace 40 o 50 años. Ese fue el beneficio.

¿Está bien o mal empleado el dinero que se da para cursos a los adultos mayores? Después de todo, si no aprendieron a escribir cuando eran jóvenes, menos ahora que están viejos. 

Y además, a casi nadie le importan los recuerdos de los viejos nostálgicos.

Pero no se trata de formar el siguiente premio Nobel de literatura ni de editar el siguiente best seller. Pensar así es pervertir la función de Conaculta cuya misión incluye estimular la creación artística y cultural en beneficio de la sociedad. Subrayo la parte que me parece importante: en beneficio de la sociedad.

Los beneficiarios de los cursos y talleres para adultos mayores, son quienes participan en ellos. No los imaginarios lectores de los libros como este.

De todos los miembros de la sociedad, los adultos mayores son los más abocados para beneficiarse con la existencia de Conaculta. Ellos tienen tiempo, buena disposición y experiencia para cultivar las artes. Ni la televisión, ni internet, que acaban por ser aburridas, pueden disfrutarse como la actividad cultural de un curso o taller.

La creación artística de cualquier modalidad, el conocimiento y el aprecio de los mejores productos de la humanidad son un lujo que muchos jóvenes no pueden darse porque están demasiado ocupados en patalear para no ahogarse. Pero los viejos sí. Por qué no pensar en actividades para ellos como lecturas compartidas de lo trágicos griegos o de las grandes novelas desde la Celestina hasta Ulises, o escuchar las creaciones musicales desde el barroco hasta el siglo 20, o contemplar la obra plástica. Siempre bajo la guía de expertos patrocinados por Conaculta.

El disfrute de las creaciones culturales es un fin en sí mismo, no hay un para qué más allá. Es la cereza del pastel de la vida, que los adultos mayores están en posición de apropiarse con la ayuda de Conaculta.

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