sábado, 1 de marzo de 2014

Notas morelianas, 1: Salir del DF

"Aquí no hay nada" me dijeron mis tíos cuando les comenté mi intención de irnos a vivir a Morelia. "Mucha gente viene y luego no encuentra trabajo". A pesar de sus advertencias, pensamos que con nosotros el resultado sería diferente y a mediados de 1988 nos fuimos para allá.

Ya eran demasiadas razones para salir de México. Pero la principal fue que las niñas estaban cerca de cumplir quince años y cada vez era más frecuente que las invitaran a fiestas a las que había que recogerlas después de la media noche. En esos días andar por las calles de Naucalpan, de noche, con dos niñas, ya era buscar problemas. A cada rato nos enterábamos de que habían robado a uno y lo habían aventado desnudo por la carretera de la marquesa. Nos daba mucho miedo que nos asaltaran. Y ni modo de decirle a las hijas que no fueran a fiestas en la noche ¿cuánto íbamos a aguantar? Ni idea teníamos de que eso era el principio de los horrores que vendrían después.

El aire contaminado de la ciudad de México fue otra de las razones que tuvimos para salirnos. A Patricia le daban ataques de asma cada vez más fuertes y frecuentes. Teníamos la esperanza de que fuera del DF se le quitaran. Así fue. El conservadurismo michoacano tiene entre sus motivos de orgullo el aire limpio, el cielo azul y las nubes blancas.

Nos parecía que Morelia era una buena ciudad para acabar de criar nuestro par de hijas adolescentes. Allá teníamos algunos primos, una casa y perspectiva de trabajo en la Universidad Nicolaita. Además nos sentíamos con ánimo de empezar una nueva lucha si había necesidad. Que sí hubo, varias veces.

Llegamos a vivir a la casa que mis suegros habían comprado en Morelia. No quedaba lejos de la que hacía muchos años había sido la última casa de mis abuelos Hinojosa en la calle Ventura Puente que entonces estaba en las afueras. Ahí mismo, mi abuelo, Papagrande, tenía una fábrica de hielo y, en la parte de atrás, Mamagrande tenía gallinas.

Para mí, Morelia siempre estuvo asociada con los primos y los abuelos Hinojosa. Ir a Morelia durante las vacaciones infantiles era como cambiar de personalidad por una temporada. Mis hermanos y yo teníamos que portarnos de un modo solemne y respetuoso. En la ceremonia familiar de la bendición nocturna, cuando estábamos en Morelia, teníamos que hincarnos todos juntos, niños y adultos, y el abuelo nos bendecía colectivamente como arzobispo. Luego, hacíamos una fila para ir a besarle la mano. En Puebla, éramos un poco más herejes. Papá nos daba la bendición cuando cada quien acababa de cenar y salíamos corriendo.

Los primeros dos años de nuestra nueva vida en Morelia fueron buenos. Hicimos amigos; las niñas se integraron en la preparatoria y sus fiestas terminaban temprano; el asma y las alergias de Patricia fueron desapareciendo. Tenía yo un trabajo interesante en la Universidad Nicolaita mientras gozaba de mi periodo sabático. Las asociaciones profesionales me invitaban a dar conferencias sobre Psicología, Educación y Computación. Después, cuando cortamos el cordón umbilical con la UNAM, empezaron a cumplirse las profecías de mis tíos.

2 comentarios:

  1. Un texto muy interesante; creas "expectativa", interés por "lo que siga"... o mejor dicho, por lo que siguió.

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