domingo, 2 de marzo de 2014

Notas morelianas, 2: Los primeros años

Cuando llegamos a Morelia,  la vieja casa de los abuelos Hinojosa estaba casi escondida entre edificios y comercios. Habían pasado unos veinticinco años desde el último gran acontecimiento familiar que fueron las bodas de oro de los papás grandes. Tíos y tías con sus hijos, que eramos más de cien, nos reunimos para celebrar y desfilamos por el pasillo de la iglesia donde fue la misa solemne. Quienes vivían allá tuvieron que alojar a quienes íbamos de fuera. A mis hermanos y a mí nos tocó dormir en la alfombra de la sala de tía Concha.

La vida moreliana fue buena en casi todo. La ciudad es pequeña, hay actividad cultural y la gente es amable. Se puede uno dedicar al estudio, a la música, a la escritura, o a la convivencia con buenos amigos. Lo difícil es tener un ingreso que permita vivir sin angustias.  Esto fue lo que doce años después de llegar, agotado nuestro patrimonio, nos hizo salir. Casi no hay industrias y no es fácil saber de qué vive la ciudad.  La opinión general es que Morelia vivía de la burocracia, de los estudiantes que atrae la universidad, del comercio y de los dólares que envían los migrantes. Mucha gente decía que era una ciudad de doctores y notarios.

Al llegar a Morelia, teníamos la esperanza de que obtendría yo un trabajo fijo en la Universidad Nicolaíta. Pero no fue así. Después de los primeros dos años allá tuvimos que decidir entre regresar a México o renunciar a la UNAM. Preferimos quedarnos a hacer la lucha.

Yo no tenía la cualidad curricular más importante para ser contratado en la universidad o en el gobierno: ser michoacano de nacimiento. Cuando van a contratar a alguien que no es de allí, inmediatamente surge la pregunta ¿qué no hay ningún michoacano que pueda hacer este trabajo? Contestar que no es tomado casi como traición.

Aprendimos a disimular nuestro origen fuereño cuando la gente nos preguntaba.  Hasta cambiamos las placas de los coches para que no delataran que veníamos del DF. "Mi familia es de aquí -decía yo- aunque hemos vivido en México, en Puebla y aun en los Estados Unidos"
Nada era mentira.

Durante mi periodo sabático trabajé en el Centro de Orientación Vocacional de la Universidad. El trabajo consistía en organizar conferencias y eventos para que los estudiantes de las preparatorias pudieran decidir qué estudiar. No era mucho trabajo. En mis frecuentes ratos libres, hice un estudio de los resultados de las pruebas psicológicas que se aplicaban a los aspirantes y calculé el 'Baremo Michoacán' que se usó como criterio estadístico para la admisión a las diferentes carreras de la universidad. Pero en Morelia, los estudiantes rechazados organizan marchas y tomas de calles hasta lograr su admisión a la Universidad. Ningún criterio estadístico resiste una protesta estudiantil.

La toma de calles es, me parece, una aportación de Michoacán a la cultura nacional. Bastaban diez o veinte estudiantes con algunos cordeles y algunas sillas para tomar el centro. Con eso bloquean el tránsito en la calle Madero, o Calle Real, como le dicen allá, y trastornan la vida de la ciudad.

En Morelia los nombres de las calles no sirven de mucho. Los morelianos se orientan por las iglesias, o templos, como les dicen allá. Si uno pregunta por una dirección le pueden decir que está a la vuelta de La Inmaculada, o por el templo del Santo Niño. Quizá esta fuera una manera de separar a los morelianos auténticos de los fingidos; o a los buenos católicos de todos los demás.

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