lunes, 3 de marzo de 2014

Notas Morelianas, 3: La casa y el doctor Alatriste

Nuestra casa de Morelia estaba en la calle de Aristeo Mercado. La compraron mis suegros con la intención de salirse de Manzanillo, Colima, en los meses mas calurosos. Tenía "muchos cuartos y cuartitos" según dijo un amigo. Las tres generaciones familiares cabíamos y sobraban cuartos. Pero una cosa es caber bien y otra es convivir en paz. Podíamos sentarnos cómodamente a ver la televisión, pero ¿quién tiene el control remoto y decide qué ver?

La casa tenía un anexo independiente con su baño. Me gustó usarlo como estudio y lugar de trabajo con los niños a quienes atendía. Al doctor Alatriste, mi suegro, también le gustó para poner su consultorio médico. Creo que ese cuarto fue la principal razón para comprar esa casa. Yo podía usarlo en Invierno, cuando  mis suegros se iban a Manzanillo. Pero en tiempo de calor, ellos venían al clima más templado de Morelia y la convivencia nos resultaba difícil.

Conocí al doctor Alatriste pocos meses después de que Patricia y yo nos hiciéramos novios en la universidad. Patricia fue su única hija. Lo primero que llamaba la atención de él era su risa fácil que a veces sonaba como si estuviera jalando aire para no asfixiarse. Tenía un bigote negro y tupido que recordaba la moda de los años 40. Había estudiado budismo y doctrinas esotéricas; le gustaba citar a los autores hinduístas y orientales. Le atraían las ciencias ocultas y algún tiempo estuvo interesado en el espiritismo. En sus últimos años, ya viudo y muy deteriorado por la diabetes, se integró a un grupo de budismo tibetano. Le entusiasmaba tanto que volvió a hacer la lucha para que Patricia y yo nos interesáramos en el tema.

Era más psicoterapeuta que médico. La sala de espera de su consultorio de Manzanillo estaba generalmente llena. Podía tardarse una hora o más con cada paciente y no era raro que salieran con lágrimas en los ojos. Siempre estaba dispuesto a dar consejos sensatos y explicaciones sobre el funcionamiento de la mente y de las emociones. Tenía fama de milagroso porque apaciguaba a los pacientes más difíciles: hombres furiosos, mujeres desesperadas y niños asustados. Venían a buscarlo cuando alguien amenazaba suicidarse.

Antes de que hubiera televisión en Manzanillo, al terminar la consulta se reunía con un grupo de seguidores a quienes apodábamos ´los brujos'. Estudiaban temas esotéricos que él explicaba. Cuando no había brujos, cogía su guitarra y divertía a la bisabuela Concha cantando tangos o boleros que terminaban en carcajadas. Después, la televisión lo absorbió. Por las mañanas dividía su tiempo entre la armada naval y el seguro social

Murió en 1998, en Morelia. Lo despidieron sus amigos con rituales tibetanos. Meses después, tiramos sus cenizas a la bahía de Manzanillo desde un barco de guerra en el que le rindieron honores de contraalmirante.

Siempre fue generoso. En los años más difíciles de nuestra vida en Morelia, cuando las hijas se habían ido a estudiar fuera y seguíamos sin ingresos suficientes,  él ayudó y se hizo cargo de los gastos que nos abrumaban. En esos días el país estaba en quiebra por "el error de Diciembre" de 1994.

4 comentarios:

  1. ¡Que bonito! Pero por tu culpa quedo atrapado y me olvido que estoy en horas de trabajo. (Y como dice la amenaza perversa de lo peor de la UNAM: "Te voy a levantar un acta").
    LuisZ

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Luisz, diles que estás trabajando, estudiando un tema para tu próxima conferencia. Me alegra atraparte en la lectura de cosas que no son del trabajo.

      Eliminar
  2. Respuestas
    1. Hay mucho que decir del abuelo Jorge, pero no de golpe.

      Eliminar