domingo, 8 de marzo de 2015

EL TUNO (Cuento)


El noticiero matutino de la televisión hablaba del Tuno, que recibió cinco balazos esa misma noche. El doctor Rodrigo, que lo atendió en el hospital, estuvo muy atento a los comentarios y declaraciones de la policía. El sueño lo vencía, pero se quedó mirando hasta que se convenció de que no habría más noticias sobre ese tema.
El Tuno le hizo recordar al doctor Rodrigo aquella lejana tarde en Guadalajara cuando a verlo junto con sus amigos adolescentes. Esa tarde, planeaba declarársele ahí a la Cuqui Rivera, la chica mas bonita de la preparatoria. Sería la primera vez que se declaraba a una muchacha y pensó con cuidado lo que iba a decir. Pero la Cuqui tenía los ojos puestos en los muchachos que ya iban a la universidad.

El Tuno empezaba a ser conocido por sus boleros que ya sonaban en las estaciones de radio y por lo divertido que eran sus presentaciones. En la carpa todo parecía improvisado. Al frente, sobre una tarima, se sentaba el cantante con su guitarra. Desde ahí bromeaba con el público de las primeras filas, en las que estaban Rodrigo y su grupo de amigos. Desde el principio, Cuqui atrajo la mirada del Tuno quien se fijó también en el nervioso Rodrigo. “¿A poco ustedes ya saben del amor?”, les preguntó. El público, las muchachas, los amigos, y la misma Cuqui, empezaron a reírse. Sólo Rodrigo permanecía serio, lo que pareció enardecer al cantante. “A ver, dale un beso a la güerita, ¿Verdad que sí güerita?” La Cuqui gritó “ni loca” y el breve silencio fue roto por una carcajada.

Rodrigo recuerda que se levantó para salir de ahí. “Esto no es para chamacos” le dijo el Tuno y provocó una nueva carcajada. Humillado, se encerró en el baño. Estaba furioso contra el cantante. El resto de la función se quedó en la parte de atrás, oculto por uno de los postes que sostenían la carpa. Desde ahí vió como El Tuno se ensañó con una nueva víctima: un hombre joven que iba con su novia, a quien. entre canción y canción le disparaba algún dardo que el público celebraba con risas: “A ver cuéntanos de tus decepciones amorosas. Ándale, te presto el micrófono para que todos te oigan. Si tú no quieres, entonces que ella nos platique”. Al final, le pidió perdón al muchacho “porque te agarré de puerquito. Pero ve a que te devuelvan las entradas para que veas que soy cuate”. Rodrigo se imaginó que todas esas burlas podían haber sido para él.

En la salida, la Cuqui provocó nuevas risas cuando repitió en voz alta que ni loca. Los amigos se burlaron de la huida de Rodrigo y esa noche nació el famoso grito “¡Escóndete que viene el Tuno!” con el que durante meses lo molestaron. Él no volvió a mostrar interés por la Cuqui ni por ninguna de las amigas que estuvieron en la función. En las fiestas del grupo, bastaba que pusieran un disco del Tuno para que alguien repitiera las viejas burlas.
El antiguo enojo del doctor renació en el hospital con esos recuerdos. Ahora lo urgente era atender al herido que agonizaba. Ya los reporteros habían olido la nota y trataban de colarse a la sala de emergencias. El doctor prometió mantenerlos informados a cambio de que no estorbaran. Se sorprendió de que el Tuno fuera tan viejo, tan chiquito y con el pelo pintado. “Lo que son las cosas -pensó- ahora su vida está en mis manos”. No había vuelto a verlo desde aquella tarde en Guadalajara a pesar de que el Tuno se volvió famoso en la televisión. Siguió haciendo bromas pesadas con el público de los cabaretes y algunas de sus víctimas iracundas llegaron a amenazarlo públicamente.
Cuando Rodrigo era estudiante de la facultad de Medicina de la UNAM, sus compañeras lo consideraban buen partido y se lo disputaban. Les admiraba su sangre fría para sacrificar a los perros en los que practicaban cirugía. Logró muchas conquistas de una noche pero no se comprometía con ninguna. Poco a poco, como a los gatos ariscos, lo fue seduciendo una morenita que venía de Chihuahua, con quien se casó después de graduarse. Para entonces, el Tuno ya cantaba en el Café Copacabana, no lejos del apartamento de los recién casados. “Vamos a verlo, a mí me gustan sus canciones”, dijo la esposa. Él contestó que el tipo era un payaso, que no cantaba bien y que a él no le gustaban esa música. Ante la vehemencia del rechazo, ella no insistió ni volvió a comprar discos de boleros. Muchas veces, él la hacía reír cuando imitaba el estilo de los cantantes para decir cursilerías.
Con los años, El Tuno se volvió casi desconocido. A veces Rodrigo veía que lo anunciaban en alguna “caravana cultural” o como parte de presentaciones colectivas entre malabaristas, cómicos y encueratrices. Se olvidó de él hasta que lo reconoció en el área de urgencias.
En el noticiero de la televisión se enteró de que dos desconocidos tocaron a su puerta y cuando abrió le dispararon. Reconoció las tomas del hospital y luego su propia imagen declarando a los reporteros que hizo todo lo posible, pero que el paciente murió porque había perdido mucha sangre. Lo dijo sin parpadear ni desviar la mirada. La policía especuló que se trataba de una venganza de narcotraficantes por deudas no pagadas, o que se había metido con la esposa de algún político. Rodrigo prefiere pensar que lo mandó matar una de sus víctimas. Le gusta la idea de haber sido un cómplice secreto de quien hizo la parte sucia del trabajo que él terminó en el hospital, en el nombre de todos los puerquitos.

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